—¡No quiero morir de fiebres! 

El hombre tomó una nueva bocanada de aire, se revolvió entre sus sábanas amarillentas y repitió su grito desgarrador:

—¡No! ¡No quiero morir de fiebres! 

—¡Debéis calmaros, os ruego! 

El enfermero había acudido sorteando las hileras de jergones alineados, y agarrado con fuerza por las muñecas al hombre que yacía postrado. 

—¡Soltadme! ¡Soltadme u os arranco la nariz de un mordisco! 

El enfermo estaba pálido y sudoroso por la calentura, pero sus ojos, que parecían a punto de saltar furiosos de sus órbitas, hicieron dudar por un instante a quien trataba de aquietarlo. 

Lo suficiente para que aflojara la presión de sus puños. 

Lo bastante para que el enfermo lograra zafarse y atravesara corriendo la semioscuridad de la enfermería repitiendo enloquecido “¡No quiero morir de fiebres! ¡No quiero morir de fiebres!” 

Ante las miradas alucinadas de convalecientes y enfermeros, el hombre, ondeante su camisón blanco por la inesperada rapidez de sus movimientos, trepó como una raposa por la escala que daba acceso a la escotilla. 

Tan pronto como puso sus pies sobre la cubierta, quedó quieto por un instante, inmóvil como un fantasma en mitad de una visión alucinada. 

Primero percibió aquella neblina de pólvora y fuego que flotaba sobre el navío, y que difuminaba la silueta de la nave enemiga que los garfios unían al costado de su galera. 

Después, como en una ensoñación provocada por la calentura, comenzó a escuchar los gritos, el estruendo de los mosquetes, el sonido seco de los aceros entrechocados. 

Entre la humareda le pareció ver decenas de mechas chispeantes que se movían con velocidad, y la cubierta de su propio navío erizada de unas flechas otomanas que sobresalían entre la arena presta para empapar sangre. 

En su sueño febril, las aguas habían desaparecido, y las naves flotaban sobre un mar de muertos. 

Ante su mirada se aparecía ahora, borrosa pero real, la más alta ocasión que vieran los siglos pasados, los presentes, ni esperaban ver los venideros. Ciento setenta mil hombres y quinientas naves se batían en lucha atroz en el golfo de Lepanto. 

Decidido a encontrarse con su destino, buscó entre los caídos una espada y una daga, y apenas las hubo hallado, se lanzó como una fiera a cruzar la pasarela de madera más cercana que encontró, y así alcanzó la galera enemiga. 

En el caos, acometió contra el primer hijo de Alá que su imaginación o la realidad –no sabía cierto- le puso por delante. 

Apenas tajado su cuello con la espada, se volvió sobre sí para hundir la daga en el pecho turco que se acercaba por su diestra. 

Sintió un leve escozor en un costado, y otro más en la espalda, y un tercero en una de las piernas, pero no dolor. 

Entonces saltó sobre el turbante que vio a su siniestra, derribándolo y dejando el pesado cuerpo de su propietario debajo del suyo. 

Antes de que el turco pudiera revolverse, apoyó con fuerza su antebrazo sobre la cabeza que vociferaba. En ese segundo de inmovilidad, con la práctica de un matarife le rebanó la garganta. 

Dos punzadas picaron su espalda. Fueron el estímulo que necesitaba para alzarse de nuevo y atravesar de lado a lado los intestinos de un jenízaro. 

Mientras apoyaba su pie desnudo contra la armadura para retirar la espalda, sintió dos golpes en el hombro, como si algún imaginario caballero estuviera llamando su atención. 

Al girarse pudo ver dos nuevas astas de saeta sobresalir de su camisón ensangrentado. 

Volvió sobre la espada, pero parecía trabada y decidió dejarla. Aún su mano izquierda sostenía la daga. 

Buscando al siguiente enemigo, se detuvo por un instante junto al palo mayor de la nave enemiga. 

En ese momento, dos flechas más aparecieron en su pecho, solo un segundo antes de que una bala de arcabuz disparada a bocajarro le arrancara la pierna derecha. 

Quedó derribado y con la vida escapándosele a borbotones por el repentino muñón. 

Solo entonces, dándose por satisfecho, se exclamó: 

—¡Eah, señores!  ¡Ahora, que cada uno haga otro tanto! 

Y se dejó morir. 

[La historia aquí narrada es la del sargento de los tercios Martín Muñoz, que el día 7 de octubre de 1571 se hallaba postrado por las fiebres en la enfermería de la galera San juan de Sicilia. 

Presintiendo que su final estaba cercano, quiso unirse a sus camaradas en la batalla, ante la que los líderes de ambos contendientes habían arengado a sus tropas: 

Alí Pachá había prometido el paraíso a quienes murieran en combate por su Fe. 

Don Juan de Austria, por su parte, se había dirigido a los españoles en estos términos: 

“Hijos, a morir hemos venido, a vencer si el cielo lo dispone. 

No deis ocasión para que el enemigo os pregunte con arrogancia impía ¿Dónde está vuestro dios? 

Pelead en su santo nombre, porque muertos o victoriosos, habréis de alcanzar la inmortalidad”. 

Y al encuentro de esa inmortalidad salió, sudoroso de fiebres, el sargento Martín Muñoz.]

«Todas las picas suman, únete al cuadro»
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