De sobra es conocido cómo los tercios llegaron a ser la fuerza militar más temible en la Europa de la temprana edad moderna. La fastuosa combinación de sólidas formaciones de picas y armas de fuego, unido a su versatilidad, hicieron que dominasen los campos de batalla y la política europea durante casi dos siglos.

Sin embargo, el arduo camino que recorrió la Monarquía para llegar a dar con la tecla en esta estrategia militar va de la mano con su vecino, Francia. Sin la “ayuda” francesa, es probable que las innovaciones militares necesarias no se hubieran realizado de la misma forma. Ya desde finales del siglo XV, tanto Francia como los territorios peninsulares ponían de manifiesto sus roces territoriales, forjando una rivalidad que se mantendría durante siglos.

Francia, renovada gracias a su victoria sobre los ingleses en la Guerra de los cien años, basaba su estrategia bélica en las “compagnies d’ordonnance”, unidades agrupadas en “lanzas”, cada una de ellas formada por seis soldados y sus caballos. Esta caballería pesada era la unidad principal del ejército francés, a la que añadían piqueros suizos mercenarios y milicias de arqueros.

La Monarquía por su lado venía de un proceso de reconquista, que había culminado con la toma de Granada. Esta larga guerra había propiciado una cierta innovación en el ejército, que ahora contaba con mayor número de soldados en general, y de infantes en particular. La caballería era distinta a la francesa, siendo menos pesada y más preparada para escaramuzas, las denominadas “lanças a la gineta”, lo cual no quita que contase con caballería pesada también.

Como hemos visto, los franceses hacían uso de grandes bloques de piqueros suizos mercenarios como infantería de choque. Se trataba de la mejor infantería de la época, muy disciplinada y muy útil contra la caballería, en un momento en el que esta dominaba los campos de batalla. Estos piqueros, unidos a una eficaz caballería pesada como era la francesa, hacía al conjunto un rival duro a batir, como se mostró en los primeros compases de las Guerras de Italia.

Esto debió pensar Gonzalo Fernández de Córdoba, el “Gran Capitán”, en su derrota a manos francesas en la batalla de Seminara (1495), donde las cargas de caballería y el apoyo de los suizos se mostraron demoledores ante los rodeleros, ballesteros y jinetes españoles. Las fuerzas españolas sacaron en claro que debían buscar la forma de contrarrestar estas dos unidades si querían continuar con su presencia en Italia, y así lo hicieron.

En primer lugar, se aumentó el número de arcabuces en la medida de lo posible, en detrimento de los ballesteros. Con el fin de cubrirlos, se dispuso que lo mejor era introducir a la formación piqueros que pudieran hacer frente a la caballería, y que luchasen por delante de los rodeleros.

A corto plazo, lo que resultó más efectivo fue el aumento de las armas de fuego, decisivo en la batalla de Ceriñola (1503), donde el modelo de cargas de caballería francés se encontró con el fuego ininterrumpido de las armas de fuego españolas que diezmaron en primer lugar a la caballería, y posteriormente a los piqueros. Esta batalla marcó un hito por la importancia de las armas de fuego, y por cómo consiguieron doblegar al ejército francés.

En Bicoca y Pavía los arcabuces también se mostraron decisivos. En la primera, los piqueros suizos no llegaron siquiera a entablar combate con la línea española, huyendo debido a los incesantes disparos, mientras que en Pavía esta nueva formación de batalla se mostró muy eficaz, esta vez en campo abierto y en posiciones ofensivas. Tal es la importancia que el ejército español en Italia daba a los arcabuces, que en las fuerzas de Próspero Colonna en 1521, casi un cuarto de sus soldados tenían armas de fuego, superando en gran medida al resto de armadas europeas del momento.

Uno de los éxitos de este modelo es que en España se opta por incluir el sistema de cuadros de picas de forma nativa, mientras que los franceses preferían contratarlos como mercenarios. Esto no quiere decir Francia no intentara también copiar este modelo suizo,  sin embargo mientras los españoles tuvieron éxito, en parte debido a la larga tradición de infantería que había en la península, a tenor de la guerra contra el moro y a la escasa soldadesca disponible, en Francia era diferente, ya que su tradición noble y caballeresca relegaba a la infantería a un papel muy débil, y el rol guerrero principal estaba reservado a una élite de caballería pesada noble.

La propia estructura de los tercios también resultaría determinante para su éxito, debido a que sus unidades debían ser lo suficientemente grandes como para ser fuertes, y lo suficientemente pequeñas como para ser maniobrables. Con las ordenanzas de Génova queda patente la configuración de los tercios, que debían tener alrededor de diez o doce compañías, pudiendo ser de dos tipos: arcabuceros (o mosqueteros más adelante, cuyo número varió en el tiempo) y piqueros (que a su vez se dividían en “picas secas” y “coseletes”, estos últimos más acorazados). Los rodeleros fueron cada vez menos usados a favor de los piqueros como infantería.

Como hemos visto, la evolución del ejercito de la Monarquía Hispánica en lo que se traduciría en los Tercios, pasó por la necesidad de hacer frente a un enemigo concreto como Francia y a su poderoso ejército, pero tomando como partida unas raíces sociales como son la peculiar historia y estructura de la península, y políticas, contando el apoyo de los Reyes Católicos a la creación e institucionalización de un ejército profesional y permanente, los Tercios.

BIBLIOGRAFÍA

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