– ¿Qué has dicho chaval?

– Que me parece que he visto unos soldados ahí fuera con una cinta roja en la cintura – respondió Hans sin entender la cara de preocupación de su veterano compañero de armas.

– ¿Estás seguro? ¿Estás seguro que era rojo? A esta distancia y con el sol escondiéndose es difícil distinguir claramente los colores y bien podría ser pardo o de otro color.

– Tengo una muy buena vista – dijo el muchacho preocupado por la expresión de su superior, pensando en que había dicho algo inconveniente — pero bien pudiera ser que me hayan engañado mis ojos, pues como bien decís, es tarde y el sol está escondiéndose en el horizonte.

El soldado de mayor edad, siguió mirando por encima del parapeto de madera y tierra apisonada tratando de divisar algún soldado enemigo con claridad, pero sabía que a esa distancia era imposible para él distinguir algo tan pequeño como un trozo de tela. No obstante, un escalofrío le recorrió la espalda y se dio cuenta de que tenía miedo. Un poco de miedo era bueno, había participado en numerosas batallas a lo largo de sus 35 años y sabía que aquellos que no tienen miedo son los primeros en caer bajo las armas de los enemigos, aunque también que aquellos a los que el miedo atenazaba morían los segundos.

Solo había conocido la guerra, que según le contó su padre, acerca de lo que le había dicho el suyo, empezó por un tema de impuestos y había acabado en un problema religioso y sabía que a pesar de luchar contra un solo enemigo, el rey de España, no era lo mismo tener enfrente a unos soldados que a otros… El Imperio era muy grande.

– Malditos papistas – exclamó entre dientes Martin Holsdotter tratando de quitarse ese pensamiento de su cabeza, sin darse cuenta de que el joven que estaba a su lado le observaba con inquietud.

 – Perdóneme la pregunta, pero llevamos ya dos semanas guarneciendo este dique ante cientos de soldados imperiales, sin que haya visto una sombra de inquietud en su rostro y no entiendo porqué un único soldado paseándose entre las líneas enemigas os cause tal impresión.

– Quizás no sea nada, llevamos todo el día aquí aguantando las explosiones de la artillería imperial y tengo los nervios agotados – Martin no quería preocupar a su subordinado, ni que éste preocupara a los otros soldados que estaban bajo su mando en el pequeño pueblo de Elburg, sobretodo sin tener la certeza de lo que había visto -. Al decirme que estaba paseando tranquilamente un soldado por las líneas enemigas, he pensado que podría ser el comandante de una partida de refuerzo enemigo, que estaba inspeccionado nuestras defensas.

– Si es así, debemos avisar al sargento – respondió algo alterado Hans -. Hasta ahora hemos contenido los ataques de los soldados que teníamos enfrente, pero si llegan refuerzos y empiezan a igualarnos en número, la cosa cambia.

– Primero tenemos que cerciorarnos de lo que has visto, no podemos informar de algo de lo que no tenemos certeza – respondió con brusquedad.

– ¿Certeza sobre qué asunto? – interrumpió otro soldado que estaba encargado de repartir el rancho aquel día -. ¿Qué has visto Hans? 

– Un hombre observando nuestras posiciones – contestó rápidamente Martin, enojado consigo mismo por no haber zanjado el asunto antes de que llegara más gente.

– Eso es y parece que con un pañuelo rojo atado a su cintura – añadió Hans, al ver que Martin había obviado el detalle que tanto susto había provocado en él.

– ¿Has dicho roja? – exclamó casi gritando el tercer hombre, llamado Manfred, que por su edad tenía bastante experiencia. Y volviéndose a su superior, continuó – ¿no estaban ocupados en el asedio de Zwolle? ¿Cómo es posible que estén aquí? 

El tono de voz de la conversación llegó a los oídos de otros soldados cercanos, que se acercaron para tomar parte en la conversación.

– Bueno, Hans solo ha visto uno y un momento – trató de serenar a sus soldados Martin, que veía con preocupación que se estaba formando un corro a su alrededor – podría darse el caso de que se hubiera confundido.

– O pudiera ser que los alemanes se retiraran para dejar paso a otra compañía – repuso con voz asustada otro soldado, que por las cicatrices que se veían en su cuerpo, no era un novato.

– O que Zwolle haya caído y ahora nos toque el turno a nosotros – añadió otro soldado más.

– ¿De qué habláis? – preguntó Hans, que no llegaba a comprender el problema de que un único hombre se paseara por las líneas enemigas -. ¿Qué más nos da quienes vayan a relevar a los alemanes de ahí enfrente si mañana llegarán 500 hombres al mando del coronel Van Lanser y traerán además algo de artillería?

– Hijo, los soldados contra los que estamos luchando son compañías de lansquenetes, que luchan bien, son valientes y animosos, además de usar bien el arcabuz – respondió con voz pausada el soldado de las cicatrices -, pero todo eso no es comparable a un soldado español.

– Aquí estamos a cubierto de sus disparos y hasta ahora les hemos mantenido a raya – repuso Hans.

– Los soldados españoles son bravos y temerarios, luchan callados, sin gritar ni quejarse, como impelidos por el mismo diablo. Una vez que comienzan a avanzar, no pierden nunca el paso y no les detiene ni dos docenas de piezas de artillería – le cortó otro soldado.

– ¿Y… y cómo sabéis que son españoles? – volvió a decir de nuevo Hans, esta vez con un ligero temblor en su voz -. Como bien ha dicho Manfred, los españoles están ocupados en Zwolle y si hubiera caído nos hubiéramos enterado, puesto que nuestro comandante no mandaría quinientos, sino todos los hombres que hay de aquí a la costa para hacerles frente.

– Lo importante es que nos preparemos bien – cortó la discusión Martin Holsdotter -. Tú, termina de repartir la comida y que todos vuelvan a sus puestos. Hoy nada de ir al pueblo, nos quedamos todos de guardia y encended todas las antorchas que tengamos.

Esa noche, mientras el miedo llenaba los corazones de unos soldados que habían defendido valientemente sus posiciones durante días, en las filas de enfrente, otros soldados recién llegados, bajos, de tez morena y pelo oscuro, se quitaban sus petos de cuero y armaduras para colocarse una simple camisa de lino blanco.

Esa noche los Tercios habían llegado a Elburg y los más veteranos se apostaron en sus defensas, mientras susurraban alguna oración, rogando a Dios que no fueran españoles los que estaban enfrente, puesto que ya no se trataría de un duelo de artillería y disparos de arcabuz protegidos tras sus defensas, sino que habría que sacar pica y espada para enfrentarse a la mejor infantería que había visto Europa desde las legiones romanas.

El terreno que se extendía desde el dique y las trincheras enemigas estaba ligeramente iluminado por la pálida luz de la luna, que estaba en su cuarto menguante, lo que hacía que fuera difícil para los defensores, ocultos tras sus parapetos de madera pudieran observar movimiento, lo que los tenía muy ocupados escudriñando las sombras que tenían delante.

Los primeros tres hombres, los más alejados del parapeto de madera, murieron sin saber quien les arrebató la vida, con una mano en la boca y una daga en el cuello. Martin Holsdotter había ordenado a casi todos sus hombres que custodiaran la cerca sobre el dique, porque ¿quién iba a atreverse a meterse hasta los hombros en una agua helada, en mitad de febrero?

Los holandeses no se dieron cuenta de que les estaban atacando hasta que ya era imposible defender el dique, soldados vestidos con largas camisas blancas, empapados de la cabeza a los pies, armados con una espada y una daga iban acuchillando sistemáticamente, como espectros silenciosos a todo aquel que encontraban, la sorpresa y el temor infundido entre los defensores hizo que la lucha fuera corta. El camino hasta la costa estaba ya expedito para el ejército imperial.

«Todas las picas suman, únete al cuadro»
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