¿Por qué en el siglo XVI y XVII los marineros no sabían nadar y los soldados de los tercios sí?

¿Por qué en el siglo XVI y XVII los marineros no sabían nadar y los soldados de los tercios sí?

¿Por qué en el siglo XVI y XVII los marineros no sabían nadar y los soldados de los tercios sí?

Por extraño que parezca, los marineros que sabían nadar eran una excepción. De hecho, se dejaban larga melena para poder ser rescatados del agua “por los pelos” en caso de caída.

Muy al contrario, la práctica de la natación formaba parte del entrenamiento en los tercios. El motivo hay que buscarlo en que el soldado era preparado para desarrollar su labor en Flandes o Alemania, donde era frecuente encontrar cursos de agua que las unidades debía de superar.

No fueron pocas las encamisadas que se realizaron atravesando ríos o canales tras los que el enemigo se antojaba seguro, pero también esta habilidad posibilitó alcanzar a las armas hispanas grandes logros y sonadas victorias.  

Veamos un ejemplo: cuando el 24 de abril de 1547 se presentó ante el Duque de Alba la ocasión propicia de batalla en un lugar llamado Mühlberg, el helado río Elba separaba sus tropas del ejército protestante. Diez soldados nadaron durante la noche en absoluto sigilo hasta alcanzar la ribera contraria, pasando a degüello a la guardia hereje y se apoderándose de las barcas que más tarde permitirán el vado a las tropas imperiales.

En Mühlberg, la victoria fue completa, y Carlos V recompensó en el en propio campo de batalla a los diez nadadores con ropajes de terciopelo grana guarnecidos de oro y plata y una bolsa con buenos cien ducados. Entre ellos, al hombre que los había dirigido, que será además ascendido a alférez. Un tal Cristóbal de Mondragón.

Otra célebre acción anfibia tuvo lugar veinticinco años después, esta vez en Flandes. Goes se encontraba sitiada en octubre de 1572. Los intentos de socorro, uno tras otro, habían resultado inútiles. En una situación desesperada, en la que la caída de la plaza era cuestión de días, los mandos vieron con claridad que tan solo un golpe de mano inesperado, una acción insólita, podía salvar la plaza. Y a ella se lanzaron: vadearon los quince kilómetros de mar que les separaban de Goes, aprovechando que la bajamar les permitía hacer pie durante unas horas. Pisando suelo cenagoso, luchando con fuertes corrientes a cada paso y con la amenaza constante de una marea en ascenso, alcanzaron la orilla opuesta.

La sorpresa del ejército orangista fue absoluta; su debacle, también. El nombre del oficial al mando de los españoles no causará extrañeza. De nuevo, Cristóbal de Mondragón

La guerra en el norte de Europa exigía destrezas singulares y en ellas se entrenaron, con su característica capacidad de adaptación, los soldados de los tercios.

R. Codes

«Todas las picas suman, únete al cuadro»
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