Concurso de relatos: Nunca dudes de los genios por Alberto Calvo Rúa

Concurso de relatos: Nunca dudes de los genios por Alberto Calvo Rúa

Las condiciones son lamentables: el frío y la humedad convierten el suelo en un barrizal insalubre en el que las enfermedades y el hambre campan a sus anchas. El ejército español, situado en el lado derecho del río Garellano, parece débil y enclenque. No están mucho mejor los franceses, desde luego. Nadie puede estar bien en semejantes condiciones, a decir verdad, pero los soldados españoles protestan poco, como si no les importase llevar varias semanas durmiendo con el barro hasta el cuello.

Mientras los hombres mantienen sus posiciones defensivas, temerosos de un posible ataque francés por el puente que éstos han tendido, Gonzalo Fernández de Córdoba parece increíblemente tranquilo. Pocos días atrás, gracias  al rey Fernando, llegaron importantes refuerzos con Bartolomé d´Alviano al frente.

-Sois justo lo que necesito  –dijo Gonzalo al verles llegar.

El Gran Capitán, como le conocían todos los hombres, tiene algo en mente; y desde luego va a ser algo arriesgado. Todos los días se levanta temprano y envía exploradores en todas direcciones, así que los soldados saben que algo se avecina y se preparan como mejor pueden: supervisan el filo de sus espadas, mantienen la pólvora lo más seca que pueden y alimentan a sus caballos.

Reunidos en la tienda del general e iluminados levemente por las escasas velas que quedan disponibles en el campamento, los capitanes del ejército español observan los planes que Gonzalo les marca en un gran mapa extendido en la mesa del centro de la estancia. No todos están conformes con el plan, y así se lo hacen saber.

-En mi opinión, señor, debemos esperar al buen tiempo para atacar –dice el capitán Mendoza-. Si pasamos a la ofensiva ahora, es probable que nos aniquilen a todos.

Varios más asienten ante las palabras del temeroso capitán, mostrando así su disconformidad con el plan de ataque planteado.

-Gracias por su sinceridad –responde Fernández de Córdoba-, pero el ataque se va a realizar mañana al alba, y créanme si les digo que estoy seguro de que el plan saldrá bien.

-Pero señor –interviene el capitán Córdoba- ¿Cómo sabe que los franceses van a caer en la trampa?

Todos miran al general, conscientes del difícil papel en que se encuentra: su ejército tiene inferioridad numérica, el hambre y las enfermedades acechan a los hombres, varios de sus capitanes están disconformes, y su plan de ataque es muy arriesgado.

-Les voy a decir lo que vamos a hacer –responde éste, al fin-, y les aseguro que si hacen exactamente lo que les digo, no sólo ganaremos esta batalla, ganaremos la guerra.

La firmeza con la que responde al envite parece convencer definitivamente a todos, pues asienten expectantes, deseosos de saber cuál será su papel en la contienda que se avecina. Tras varias horas explicando todos los detalles de la batalla, los capitanes salen de la tienda y Gonzalo se queda en ella, concentrado en el enorme mapa que tiene sobre la mesa. Antes de partir a sus puestos, son varios los capitanes que piden su opinión a Bartolomé d´Alviano, militar reputado que durante la reunión permaneció en completo silencio.

-Sólo les puedo decir una cosa, queridos amigos –dice, con su marcado acento italiano-. Nunca duden de un genio, pues por loco que parezca su plan, saldrá bien.

El día pasa sin mayor problema, con los dos ejércitos expectantes. Los franceses, observa el Gran Capitán, parecen no haberse dado cuenta del desplazamiento de hombres que llevan haciendo varias semanas.

Al norte del río, los pontoneros españoles colocan varias estructuras, fabricadas concienzudamente durante semanas para permitir el paso del grueso del ejército español. En la zona que los franceses acumulan la mayoría de sus fuerzas, tan solo varias unidades de caballería ligera, como gancho, permanecen visibles.

La noche cae rápidamente sobre el campamento, por lo que los oficiales apremian a los hombres a moverse con rapidez. Es la última noche antes de la batalla, y todos deben estar en sus posiciones al amanecer para llevar a cabo la ofensiva.

Batalla de Garellano 1503

Tras varias horas de órdenes y contraórdenes, la situación es la siguiente: Al norte del río Garellano, al frente de un grupo no muy numeroso, d´Alviano y Córdoba cruzan al río en el más absoluto silencio. El gran Capitán, con el grueso del ejército, espera a que se inicie el combate en el norte para cruzar a toda prisa por el puente de pontones. En el campamento, los capitanes Andrade y Mendoza, al frente de la caballería ligera, se hacen ver por los franceses. Por orden de éstos, los hombres hacen mucho ruido y se mueven constantemente de un lado para otro. Tal y como Gonzalo había previsto, Andrade observa que los franceses concentran frente a ellos al grueso de sus tropas.

-Creen que vamos a atacarles por aquí –dice Mendoza, expectante.

-Reza porque no les dé por atacarnos –responde Andrade, muy preocupado por la situación al otro lado del río.

La noche del día 28 ya es cerrada, y d´Alviano y Córdoba, con unos 3.000 hombres de su más absoluta confianza, comienzan a avanzar hacia las posiciones francesas en Suio. El frío y el barro hacen todavía más complicada la tarea. Hace un par de horas que han cruzado el río y divisan al fondo las primeras hogueras francesas. Con un estudiado gesto con la mano izquierda, los capitanes ordenan a los hombres que se desplieguen formando un abanico y comiencen a hostigar a los primeros centinelas.

Es el momento, y Gonzalo Fernández de Córdoba lo sabe; desde las posiciones francesas al otro lado del río se oye un enorme revuelo. Tal y como había previsto, el ejército enemigo no esperaba un ataque, y mucho menos por la zona norte del río, a unos seis kilómetros del campamento base.

-¡Adelante! –grita el Gran Capitán.

Sus hombres obedecen, disciplinados, y avanzan detrás de él sin despegarse de sus talones. En cuestión de minutos, y para sorpresa de los vigías franceses, a decir por sus caras, unos 3.500 arcabuceros y rodeleros, cerca de 200 caballos ligeros y 2.000 lansquenetes alemanes cruzan el río y se lanzan sobre los enemigos. Las primeras trincheras enemigas caen sin apena oposición; un ataque sorpresa por dos lugares distintos es demasiado para el escaso número de franceses –unos 300 ballesteros- apostados en las plazas fuertes de Suio y Castelforte, así que se retiran en desbandada hacia el grueso del ejército francés.

Los planes del Gran Capitán se siguen cumpliendo: el general francés, Saluzzo, ordena la retirada total y apresurada de sus efectivos hacia la fortaleza de Gaeta, destruyendo antes el puente por el que debían cruzar los hombres de Andrade y Mendoza. Los españoles, que han pasado toda la noche consolidando las posiciones ganadas ante un posible contrataque francés, tienen nuevas órdenes.

-Oficiales, reúnanse conmigo inmediatamente –ordena Fernández de Córdoba, pensativo.

-A la orden, señor –responden todos a coro cuando llegan a su encuentro, lo suficientemente alejados de los hombres como para que les oyeran.

-Saluzzo va directo a donde quiero que vaya. Colonna, coja a su caballería ligera y hostigue el flanco francés, deje que le vean, pero no haga un ataque frontal. Lezcano, tienda de nuevo el puente francés para que Andrade y Mendoza crucen, y dígales que hostiguen el flanco izquierdo del enemigo, pero sin atacar directamente. D´Alviano, coja una avanzadilla con arcabuceros y lansquenetes y vaya directamente a Mola sin que Saluzzo le vea. Esperen a que yo llegue con el resto del ejército para caer sobre ellos.

Todos asienten, disciplinados y motivados por la reciente victoria. Al fin de al cabo ya han llegado más lejos de lo que creían que llegarían, así que no tenían motivos para dudar.

Amanece el día 29 de diciembre, y Gonzalo se pone en marcha, confiado de que sus capitanes hayan cumplido con la tarea encomendada durante la noche. Según van avanzando hacia la intercepción del enemigo, observan que el ejército francés se retiró apresuradamente: han dejado atrás armas, suministros, heridos, carros, caballos y demás elementos indispensables de la guerra. Saluzzo cree que somos miles, pero no sabe que nos sigue superando en número, piensa Fernández de Córdoba mientras esgrime una sonrisa en lo alto de su caballo.

Pasan varias horas y tal y como tenía previsto, en Mola se concentra una pelota de franceses que parecen desesperados y desorganizados. Unos intentan defenderse por el flanco derecho de los hombres de Colonna y d´Alviano, pero otros creen mejor proteger el lado izquierdo, de Andrade y Mendoza.

Gonzalo tiene tiempo de observar los rostros de los oficiales franceses cuando ven llegar al grueso del ejército español. Parecen totalmente desesperados, como si hubieran visto al mismísimo diablo.

-Arcabuceros a vanguardia –ordena Gonzalo-, lansquenetes detrás, protegiéndolos.

Los franceses, por orden de sus superiores, se lanzan al ataque contra los disciplinados arcabuceros españoles. En el trayecto de cien metros hasta las líneas españolas, decenas de franceses caen abatidos. Cuando algunos logran llegar, totalmente exhaustos por el cansancio y las balas, los lansquenetes les hacen frente, protegiendo a los arcabuceros.

Tras una valiente resistencia francesa, el general a su mando, Saluzzo, ordena la rendición total de sus tropas. Los capitanes españoles, reunidos en el momento de la firma de la rendición, intentan no sonreír por respeto al vencido, pero no caben en su ser de felicidad. No solo han ganado una batalla que parecía imposible de ganar en tiempo record y en unas condiciones lamentables, han ganado Italia para la Monarquía Hispánica, y lo saben.

-Ves, amigo –dice d´Alviano a Andrade, por lo bajo, señalando a Gonzalo Fernández de Córdoba-, nunca dudes de los genios.

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