Concurso de relatos: ¿Dónde está el Viejo? por José Manuel Pérez González

Concurso de relatos: ¿Dónde está el Viejo? por José Manuel Pérez González

El Duque de Alba ha salido de Bruselas el veinticinco de junio de 1568 con quince mil hombres, entre ellos se encuentran los Tercios Viejos de Lombardía y Sicilia, al mando de Sancho de Londoño y Julián Romero respectivamente más tropas valonas y germanas, el Duque va tras los pasos de Luis de Nassau con el fin de destruir al ejército rebelde al precio que sea.

Don Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel, estaba dispuesto a todo para acabar con los revoltosos y lo dejó muy claro desde el principio, no se andaba con contemplaciones con nadie, ni con flamencos, ni con españoles, y lo primero que hizo fue instaurar una estricta disciplina entre las tropas españolas.

Un sargento ordenó a un soldado que se apartarse del camino y le siguiera, el soldado desobedeció la orden y metió la mano en la espada para acuchillarlo, el individuo fue prendido y avisado el Duque del hecho delictivo, ordenó que fuese ajusticiado al instante y pusiesen su cuerpo en un carretón en una plaza de Malinas por donde debía pasar el Tercio. En el cuerpo del ajusticiado había prendido un escrito en el que se podía leer:

«Por desobediencia a los oficiales».

Este tipo de castigo por el bien de la disciplina, fue lo que consiguió hacer de los Tercios una maquinaria de combate perfectamente engrasada, como muy pronto se demostraría en Jemmingen. Los insurrectos también conocían los métodos de don Pedro, como también sabían, que presentar batalla en campo abierto frente a los tercios españoles era un verdadero suicidio, por eso, no plantan cara en Groninga el quince de julio y se retiran hacia el norte.

El de Alba no los va a dejar escapar y los persigue como un perro de presa, los de Nassau se dirigen a Jemmingen, villa situada entre los ríos Dollart y Eems, allí aprovechando el terreno, el holandés se fortifica y decide  esperar a los españoles. Al ver aparecer a las  fuerzas reales el veintiuno de julio, ordena abrir las esclusas de los diques, todo el terreno se convierte en un enorme barrizal, el duque comprende la importancia de tomar el puente con sus diques y volver a cerrar las esclusas, para ello, ordena a los hombres de Londoño y Romero que lo tomen al precio que sea. Los diques se convertirán en la clave de la batalla que se avecina.

Vamos avanzando con agua hasta las rodillas, el avance en la noche es lento y penoso, los caminos han desaparecido, tres capitanes deciden adelantarse al grueso, atacar y tomar los diques, Marcos de Toledo, Diego Enríquez y Hernando de Añasco se lanzan a caballo junto a varios caballeros y quince arcabuceros de Montero, hemos de cerrar las esclusas y lo conseguiremos.

Al amanecer, los calvinistas que guarnecen el puente, se encuentran con una agradable sorpresa matutina, nuestra temprana  visita los ha sorprendido dormidos, los liquidamos con nuestras espadas y conseguimos rápidamente volver a cerrar las compuertas de la esclusa.

Luis de Nassau no podía permitirse perder el control del puente con sus diques, envió cuatro mil hombres para volverlo a tomar como fuera, nos encontrábamos en una situación muy apurada, los mercenarios alemanes se acercaban a marchas forzadas, los hombres de Londoño y Romero avanzaban lentamente entre el fango con sus dos mil soldados. El de Nassau quería recuperar los diques para volver a abrir las esclusas y ahogar en lodo a los españoles.

Los capitanes españoles dispusieron a sus hombres en el puente, los distribuyeron y se aprestaron a la defensa, eran solo treinta frente a miles, pero eso no importaba:

-¡Parapetaos, vamos…!

-¡Esos arcabuces!

-¡Vamos, fuego, fuego, fuego…!

-¡Pum, pum, pum…!

Las formaciones calvinistas ofrecían un blanco muy amplio con sus más de cuatro mil hombres avanzando, si se acercaba alguno al dique, era enviado al otro mundo con la espada, por el contrario, los españoles, se aprovecharon de su escaso número y parapetados como buenamente pudieron, resistieron la furia e ímpetu de la marabunta nórdica, sin flaquear en más de media hora de combate. Los proyectiles rebeldes, impactaban contra las dos casas de la esclusa. Gracias a Dios, los hombres de Londoño y Romero irrumpieron cubiertos de barro a tiempo en el dique obligando a los herejes a retirarse a la carrera.

Los Tercios Viejos se prepararon para atacar a los cuatro mil rebeldes en retirada, aprestaron sus filas y las formaciones comenzaron su avance al redoble de las cajas de guerra, Londoño y Romero enviaron hasta tres mensajeros al de Alba anunciando su ataque para recibir apoyo del duque. Los españoles comenzaron a inquietarse al recibir los impactos de la artillería enemiga, el resto de fuerzas del duque no aparecían por ninguna parte, los soldados y capitanes miraban a retaguardia  de reojo en busca de un milagro:

– ¿Dónde está el Viejo?

– ¡Maldita sea!

-¿Y si no le han llegado los mensajeros?

– ¡A saber que estará pasando por la dichosa cabeza del duque!

-¡Vamos, pardiez, seguir avanzando…!

-¡Alinear esas filas!

-¡Sin desfallecer!

-¡Vamos, avanzad…!

Los veteranos de los tercios comenzaban a preocuparse, Nassau al comprobar que los dos mil españoles no recibían refuerzos ordenó el ataque de los suyos, iba a jugarse el todo por el todo a una carta, las fuerzas rebeldes fortificadas en el río se lanzaron en tromba a por los españoles. Los hispanos se prepararon para darles la bienvenida.

El duque como zorro viejo, había tendido una trampa a Luis, y el holandés cayó en ella, don Pedro estaba totalmente seguro que los tercios aguantarían; pero claro, eso no lo sabían los hombres de Londoño y Romero, los cuales se veían abandonados a su suerte frente a todo el ejército rebelde.

Los capitanes aprestaron sus compañías:

-¡Preparar los arcabuces!

-¡Fuego! ¡Fuego! ¡Fuego!

-¡Pum, pum, pum…!

Estas descargas, provocaron el desconcierto de los mercenarios, que escasamente habían recorrido trescientos pasos. Con tres salvas, las formaciones heréticas quedaron maltrechas, dudaron y comenzaron a retirarse a sus posiciones iniciales, los tercios comenzaron a avanzar en silencio al paso marcado por las cajas de guerra, los dos mil españoles se dirigían con todo el aplomo del mundo frente a los doce mil mercenarios alemanes alistados por los rebeldes.

Lope de Figueroa, al frente de los mosqueteros de su tercio, se lanzó con gran ímpetu y determinación a por el enemigo, consiguiendo arrebatarles dos revellines con cinco piezas de artillería, el enemigo huyó del lugar a la desbandada, abandonando todo su armamento.

Esto era lo que don Fernando buscaba, tender un cebo, la trampa eran las tropas de Londoño y Romero, y cuando fuera mordido por el holandés, caer sobre él con una maniobra envolvente con el resto del ejército, Don Pedro cargó con todo contra las desordenadas fuerzas enemigas en su huida, la caballería española atacó el desecho flanco rebelde. La retirada rebelde se convirtió en un sálvese quien pueda.

El de Alba, no iba a conceder cuartel, iba a dar una lección a los rebeldes, la persecución duró todo el día, muchos de los mercenarios alemanes victimas del pánico, se ahogaron al caer de los sobrecargados botes en el río Eems, los lugareños de Groninga, río abajo, supieron de la derrota de los insurgentes por la gran cantidad de sombreros alemanes que flotaban en la superficie del río.

Conseguimos recuperar los seis cañones perdidos por el conde de Arembergh en Heilergerlee y otros diez más, además de capturar más de veinte banderas enemigas.

El de Nassau tuvo suerte y cruzó el río disfrazado de mujer, su ejército había quedado desecho con más de siete mil bajas, las bajas del duque no llegaron a trescientas, entre muertos y heridos. El general español, no podía imaginar que esta victoria, no iba a ser más que el principio de una larga guerra, la cual se prolongaría más de ochenta años promovida por los enemigos de España, los cuales veían en el avispero flamenco el lugar ideal para socavar el poder de la monarquía hispánica.

                 

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