Concurso de relatos: Un ciezano en los viejos tercios por Vicente Morote

Concurso de relatos: Un ciezano en los viejos tercios por Vicente Morote

Corría el año de Nuestro Señor de 1625, yo, un curtido militar perteneciente a Los Viejos Tercios, me dispongo a emprender la que pudiera ser mi última empresa. Mis manos ya no son lo que eran, a veces siento como se entumecen y no puedo si quiera sujetar la vizcaína, lejos quedan ya aquellos años de batallas sin fin, donde mi acero iba y venía con una destreza jamás vista, los años han pasado y tanto matar herejes y batirme en duelo con mas de un desgraciado ha pasado factura. Antes de continuar dejad que me presente.

Mi nombre es Gonzalo de Morot, quizás os suene mi noble casa, mis antepasados oriundos de Lérida fundaron esta noble familia, conocida anteriormente como “Casa de Morot”. El rey Jaime I de Aragón premió a mi antepasado Miguel Morot por su valor en la conquista de Valencia y sin dejar atrás otra anécdota que rodea a mi dinastía, cuenta la tradición que una dama de este mi apellido, llamada Doña Juana Morot, esposa de Miguel Garcerán Dami, habiendo sabido que su hijo Pedro Dami Morot se inclinaba al partido de Francia, le quitó la vida. Al tiempo que daba puñaladas a su hijo, le dijo este: “Madre, no mates a tu mismo hijo”, a la cual le respondió la madre: “No mato a mi hijo, mato a un traidor de mi Rey”.

Como ven, sus mercedes, las palabras de valor y lealtad las llevamos grabadas a fuego desde siglos pasados.

Criado en el seno de una familia noble en Cieza (Murcia) crecí escuchando a mi padre contarme la famosa batalla en la que dieron muerte a mi abuelo y que marcó un hecho histórico en nuestra villa. En el año de 1477 un Domingo de Resurrección, Tropas Nazaríes del Reino de Granada arrasaron nuestra villa, sin pasar por alto un acontecimiento para los anales de la historia. Habitaba la villa una muda, que nunca jamás se la escuchó hablar y ese día viendo acercarse a las tropas, alertó a los aldeanos gritando “Moros vienen”. Las tropas entraron dando muerte a todos cuantos pudieron, entre ellos mi abuelo, de ahí el famoso “Corral de Cieza la desdichada” que existió en Granada o la famosa palabra que se usa es Andalucía, “Eres un Sieso” y el lema de nuestra villa  “Por pasar la puente nos dieron la muerte”

Ahora que ya conocen mi lugar de nacimiento y la familia de la que provengo os voy a contar mi carrera militar. Corría el año de 1602 y yo, un joven de 17 años que hasta la fecha nunca había hundido mi acero en el pecho de algún desalmado, mas que pelear con palos con amigos, decido alistarme para combatir en la Guerra Luso-Neerlandesa, rápidamente me pongo a las órdenes del comandante Pedro Da Silva, el cual sabe valorar mi arrojo en cada una de las embestidas que conseguimos repeler de estos malnacidos herejes, era mi primer alistamiento, pero combatía sin miedo, tenía claro mi objetivo, si tenía que morir en combate lo haría; por mi sangre solo circulaba la rabia, la lealtad y el valor y por qué no decirlo una fuerza interior que solamente yo conocía de lo que era capaz.

Tras varios años de beligerancia y ya con 31 años curtido en mas de un combate y como os dije antes, en mas de un duelo por haber ultrajado mi honor, me embarco a las Indias, voy buscando aventuras y dinero y en alguna taberna y por parte de algún compañero me llegan oídas de que lo mejor es cruzar el Atlántico. De esta manera llego para apaciguar la Revuelta de Tepehuán donde combato durante 4 largos años contra los Mayas, malditos insurrectos, estos indígenas son fieros como leones y sanguinarios, no tienen piedad y no dudan en asesinar a mujeres y niños de otras tribus, pero ahora tienen un problema, mi acero toledano y mi vizcaína han llegado y les va a hacer falta algo mas que fiereza para poder conmigo. La derrota fue aplastante, aunque no diré que fácil, esta tierra húmeda y escarpada, estos malditos bichos que provocan picaduras y mordeduras se han cobrado la vida de mas de un valiente soldado, hemos tenido que ir dejando por el camino cadáveres sin enterrar por las prisas, solamente el Páter que nos acompaña nos hace santiguarnos ante los cuerpos sin vida y entonar un Páter Nóster.

Regreso a mi villa, necesito un poco de descanso, han sido 18 largos años casi sin tregua, ahora con mi valor y arrojo demostrado y con el suficiente dinero como para vivir, mis planes son los de formar una familia y descansar. Poco me iba a durar este descanso, cuando a los pocos años recibo una carta de puño y letra del mismísimo Conde Duque de Olivares, en ella me reclama para formar parte de Los Viejos Tercios de Flandes a las órdenes de Ambrosio Spínola.

Breda, quita el sueño del Conde Duque y me reclama un puesto para conseguir un asedio y una victoria certera, no lo dudo ni un instante, además me llena de orgullo el estar bajo las órdenes de Spínola.

Así comienza la que sería mi última empresa, de vez en cuando siento que mis manos se entumecen y son incapaces de romper una simple rama, no entiendo lo que me pasa, pero aún así, pelearé hasta el final. Llegado a Breda, el mismísimo Spínola me recibe: “He oído hablar de vos, Gonzalo, yo mismo quise que estuviera aquí y le hice llegar la misiva por parte del Conde Duque” – “Todo un honor, mi capitán”- le respondí.

Spínola no era un hombre de muchas palabras, pero si sabía qué decir en cada momento, puedo decir que hasta ese momento era una figura de exaltación por mi parte y muy respetada, efectivamente, era un honor estar bajo sus órdenes.

Analizamos la situación, estos herejes han reclamado ayuda a los salmonetes, piensan que van a poder con nosotros, pero se equivocan. Mi corazón late fuerte, a pesar del frío húmedo y de este sol que no calienta, un sudor recorre mi cuerpo, es el sudor del combate, es la hora de la guerra y mi acero está sediento, tanto o mas como yo. Me habían llegado oídas de que Flandes era el mismísimo infierno y vaya que si lo era, pero si esa iba a ser mi sepultura, espero que el diablo me tuviese un cuarto reservado.

Entramos a combate, mi arcabuz dispara certero y a cada cerrojazo cae un hereje, “Esto no os lo esperabais ¿verdad, malditos?” – pienso mientras saco mi acero y con gran destreza me enfrento uno a uno o de dos en dos con varios de estos malnacidos.

Tras varias encamisadas y varias incursiones cuerpo a cuerpo y de bajar a las caponeras otras tantas, vuelvo a sentir ese maldito entumecimiento “¿Qué me está pasando?- me pregunto, no hay tiempo para pensar, si Dios quiere que muera, será blandiendo mi espada hasta el final.

Finalmente Breda se rinde y yo vuelvo a casa, con mas honra, no sé si con mas dinero, pero si con la certeza de haber sido un hombre libre y feliz, feliz en combate, feliz por haber sabido mi cometido en la vida y haber servido con honor a mi Rey.  Ahora, pasados unos años mis manos se encuentran completamente cerradas, casi no puedo caminar, cicatrices de recuerdo llenan mi cuerpo, pero cada una de ellas es una medalla honorífica, en mi mente quedan las memorias de mi vida, aquella en la que tenté a la muerte en cada espadazo, en cada duelo, en cada encamisada y por supuesto siempre al servicio de España y de mi Rey.

Me llegan noticias de que un tal Velázquez, afamado pintor, ha acabado un lienzo conmemorativo de nuestra victoria en Breda, espero que las generaciones venideras conozcan nuestras hazañas, se sientan orgullosos de ellas y por supuesto que mis descendientes conozcan mi historia, la de un hombre con arrojo, sin miedo a la muerte y con un corazón noble, quizás no el mas piadoso ni honesto, pero valiente.

Gonzalo de Morot    Anno Domini 1640

«Todas las picas suman, únete al cuadro»
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