Concurso de relatos: Hermandad de sangre y hielo por Aarón Vicente Hernández

Concurso de relatos: Hermandad de sangre y hielo por Aarón Vicente Hernández

“Corría el año de nuestro señor de 1585, ya empezado el mes de Diciembre, etapa que solía traernos, un helor capaz de helar las puertas del infierno y una humedad que te calaba los huesos, pareciendo que la única forma de permanecer con todas las extremidades en su sitio, era buscar un buen refugio y sentarse junto a una chimenea, donde poder quejarse amargamente de haber dejado el frente antes de tiempo y calentar el gaznate con algo de caldo recién preparado, aunque claro, esto no era una opción para los recios soldados del conde Carlos de Mansfelt, designado por el mismo Alejandro de Farnesio, y nuestro maestre de campo, Don Francisco de Bobadilla, recibió las ordenes de aunar nuestro tercio, a las fuerzas del conde, con tal de sofocar las crecientes revueltas al norte de Flandes, cerca de una ciudad llamada Brabante; de eso hace ya una semana de incansable avance, y para mí, el capitán Alonso Vázquez, me es difícil sostener el ánimo de mis hombres, a la vez que el enemigo crece en número y nuestros suministros no son eternos, todo sea dicho, por desgracia.

A la noche del cuarto día de diciembre y al amanecer del quinto, a orillas del río Monsa, una lengua de agua cuya extensión no supera la media milla; el conde nos ordena tomar una pequeña isla de no más de 25 kilómetros de ancho, muy baja y aparentemente trabajada por granjeros y jornaleros. Bobadilla, presto y decidido, escoge a 4 mil de los nuestros y nos dirige sin dudar hacia ese islote sin importancia para el enemigo, concluyendo en una rápida ocupación de lo que sería nuestro hogar en los siguientes días. A las pocas horas, Bobadilla envió mil de nuestro grupo para guarnecer los diques de contención, cuya apertura por el enemigo, provocaría que nuestro islote quedase inundado y sufriéramos la irá de los rebeldes en apenas unos minutos. Finalmente, el conde Carlos, partió a Harpen, dejando al maestre de campo, al mando de la tropa, y haciéndonos acampar en lo que se conoce como la villa de Bommel, situada en el montículo fluvial.

Los pérfidos rebeldes, como si de los bárbaros de la antigüedad se tratara, juntáronse en Holanda y Gelanda, armándose y guarneciendo de muy buena infantería más de doscientos navíos, entre grandes y pequeños, porque viendo las fuerzas españolas encerradas en la isla de Bommel, les creció un ánimo extraordinario de anegarnos y deshacernos, con tal de quitar de aquella vez el yugo español que tenían sobre sus hombros. Su líder, el conde de Holac, no tardó en idear lo que Bobadilla ya había previsto, abriendo dos de los diques que rodeaban la villa de Bommel, aunque y para nuestra suerte, la pericia y experiencia de Bobadilla, nos permitió retirarnos a través de una zona situada entre Dril y Rosan, marchando de tal forma que, si cualquiera de estos insurgentes nos atacara de un lado u otro, encontraría la fuerte resistencia de los hombres unidos en armas bajo la cruz de Borgoña.

El lugar elegido para nuestro acuartelamiento, tras vernos obligados a abandonar las zonas más bajas de Bommel, era una colina que los lugareños conocían como Empel, siendo esta la parte más elevada de la isla.

Pronto, llegaron las fuerzas del conde de Holac, que ahora con el río Monsa en su caudal pleno, penetraron sus naves en las gélidas aguas, con tal de cercar nuestra posición, pero, y viva Dios si lo que digo es cierto, ninguno de nosotros temía a los holandeses, sólo temíamos regalar nuestra vida sin combatir hasta nuestra muerte, así que, aguantamos las posiciones durante lo que quedaba de jornada. Luego, a la noche, tras haberme reunido con el maestre de Campo, decidimos lanzar un ataque nocturno y fugaz, con objeto de poner a nuestros cercadores en retirada, algo que conseguimos, viendo como los rebeldes retiraban sus naves del alcance de nuestros cañones y arcabuces, sin embargo, era imposible tomar aquello como una victoria, pues la mayoría de nuestros suministros, ahora quedaban bajo las aguas y nuestros tercos acompañantes, no nos dejarían salir de allí con vida, por ello, se pidió un voluntario para atravesar el bloqueo y conseguir hacer llegar la petición de ayuda a nuestros aliados más cercanos, entre los que se encontraba el conde Carlos. El hombre que dio un paso al frente, era Damián de Jumilla, un veterano del tercio y que según decía: “no podía quedarse de brazos cruzados, mientras los enemigos de Dios y del rey, sometían de esa forma a los hombres de su majestad”, y así partió en una pequeña barca, a través de las naves holandesas, con la esperanza de conseguirnos la ayuda que necesitábamos.

El día 6 de diciembre, volvió Damián con buenas y desesperadas noticias; el conde de Mansfelt, aguardaba con unas escasas 50 embarcaciones, que unidas a nueve barcazas que nosotros podríamos alistar, llegado el momento, planeaba atacar a las más de doscientas naves del conde de Holac. De manera que, a las 8 de la mañana de ese mismo día, comenzamos a embarcar a los infantes, unos trescientos en total, y cada barcaza constaría de un capitán; por mi parte, yo dirigía una de esos cascarones de nuez, acompañado por Manuel de Burgos, mi fiel amigo. Mis hombres y yo, nos confesamos y comulgamos de manos de Don Adriano, un sacerdote que nos acompañaba desde hace 3 años y, como costumbra la nación española, conformados todos de morir o salir con vida de tal empresa, aguardamos la señal de Don Carlos de Mansfelt. Sin embargo, y para nuestra sorpresa, nunca llegó tal ataque y nos vimos obligados a deshacer algunas de nuestras barcazas para usar sus maderos a modo de barricadas, como medida preventiva ante un desembarco de esos infelices que nos acosaban, pues si antes era difícil una defensa contra tal fuerza enemiga, ahora, con nuestras ropas raídas, hambrientos, superados en ánimo y fuerza, sólo nos quedaba esperar una muerte digna y honrosa, llevándonos con nosotros a cuantos holandeses fuéramos capaces de abatir, antes de que él último hombre dejara escapar, su última bocanada de aire.

Ya en el día siete del mes del nacimiento de Cristo, le ordené a Manuel que ayudara a los hombres a cavar un pequeño foso, para resguardarnos del aire y de los disparos de la artillería enemiga mientras yo, acudiría a la tienda de Bobadilla para discutir que debíamos hacer en esas circunstancias. Hecho esto, me reuní con el maestre de campo y, vi su imagen, diferente a antaño, pues ojeras decoraban su rostro y su mente, parecía perdida en toda esta situación, la cual él no podía soportar ni sostener, aunque no llegamos a mediar palabra, pues pronto, un gran alboroto surgió en el campamento, así que, salí a ver que era lo que ocurría, ¿había llegado Don Carlos? ¿se retiraban los enemigos? Nada más lejos de la realidad, estaban mis pensamientos, pues lo que había sido encontrado, era una pintura de la Santísima Concepción y, entonces supimos, que todo aquello era, una prueba de Dios, el cual no había perdido la fe en sus hijos y defensores. Al poco rato, el Padre Fray García, hizo que todos los soldados, dijésemos un salve a nuestra señora la virgen, tan bellamente pintada y, tal fue el efecto de nuestra oración, que parecía que ya no sentíamos el hambre, ni el cansancio acumulado en estos días, de manera que, los emisarios que el conde de Holac, mandó ese mismo día, sólo obtuvieron una clara negativa, acerca de nuestra rendición y, ya habiendo aceptado que debía ocurrir, los capitanes, nos reunimos con Bobadilla, acordando lanzar un ataque final, la mañana del ocho de diciembre, con tal de derramar hasta la última gota de sangre por España.

Aquella mañana, ya mencionada, ocurrió lo indecible, pues al abrir los ojos a la luz del alba, vimos como las aguas del Monsa, se habían congelado; un milagro, sin duda alguna, y tal fue el efecto de este hecho, que el conde de Holac, desistió del asedio y los holandeses bajo su mando, sólo proferían unas palabras: “Esto no es posible, sin que Dios sea español”, esto era algo que nos llenó de orgullo y más importante, de valor. Así pues, el 9 de diciembre de 1585, montamos nuestras barcazas restantes, más manejables que sus navíos, por el río helado, para asaltar su fortín, situado a las orillas del río que había sido nuestra trampas y nuestra salvación, aunque, cuando llegamos allí, no hubo combate, sólo encontramos la rendición de los rebeldes, que sin esperanzas de un pronto deshielo y sin refuerzos, no podrían resistir nuestro embate, pues sólo los recios y los fuertes, son capaces de ver a la muerte a los ojos y escuchar los designios de Dios.”

De este manera, fue como la Inmaculada Concepción, fue convertida en la patrona de los Tercios y nuestros valientes pudieron formar parte de la historia inolvidable del imperio.

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