La batalla de Garellano: la importancia del parecer y no del ser

La batalla de Garellano: la importancia del parecer y no del ser

Esta premisa, la de dar más relevancia al parecer que al ser, se repite con cierta frecuencia a lo largo de la historia militar, pero solo entre los genios del arte de la guerra. Entre este grupo, por supuesto, se ha de encontrar Gonzalo Fernández de Córdoba, conocido como El Gran Capitán, quien opositó a ocupar plaza en tan selecto grupo durante muchos años, pero que logró entrar en él con su actuación en la batalla de Garellano (28 de diciembre de 1503, Italia)
Acompañando al Capitán podemos mencionar a expertos en el arte del engaño, es decir, en el arte de la guerra. Y es que parecer y no ser es tarea compleja, sobre todo en cuestiones militares. He aquí un breve recorrido por quienes considero merecen dicha consideración:


Aníbal, gran general Cartaginés que mantuvo a la poderosa Roma a raya durante varias décadas. Solo por el hecho de hacer sudar la gota gorda a los senadores y generales romanos ya deberíamos considerarle un genio, pero su encumbramiento definitivo llegó en la batalla de Cannas, que tuvo lugar en el 216 a.C. en el contexto de la Segunda Guerra Púnica. Aníbal contaba con 56.000 hombres, mientras que Roma reunió a 86.000. La superioridad numérica y de terreno de Roma les llevó a confiarse en exceso, por lo que Aníbal realizó un movimiento de doble envolvimiento magistral solo imitado por unos pocos genios a lo largo de la historia. Logró, con un ejército muy inferior en número, envolver al enemigo, haciendo con el grueso ejército romano una pelota. Los romanos, al verse rodeados por todas partes, creyeron que los cartagineses eran miles más de los que esperaban, entraron en pánico, y fueron aniquilados en su mayoría. Además, Aníbal se puede considerar el primer Napoleón, es decir, que contaba con el posicionamiento en el terreno para llevar la victoria de su lado. Además de convertir a los infantes romanos en una pelota desorganizada, les privó del agua, mientras los hombres de Cartago podían turnarse para ir al río a refrescarse y volver al combate.


Napoleón Bonaparte. Sobran las palabras, solo con mencionarle todos pensamos en uno de los mejores estrategas de la historia, capaz de ganar una batalla antes de lucharla. Puso en relieve el papel clave de la utilización del terreno para vencer a sus enemigos.
Son muchas las batallas que podríamos destacar, pero quiero centrarme en una en especial por su similitud con Garellano, la batalla de Austerlitz, que tuvo lugar en diciembre de 1805. Napoleón, consciente de que un enfrentamiento cara a cara podría tener un desenlace imprevisto, ocultó la mayor parte de sus tropas al enemigo. Éste, sorprendido por la aparente debilidad del ejército francés, lanzó un ataque general en todos los flancos. Napoleón, ya en ese momento, supo que había ganado la batalla. Desplegó todo su potencial bien defendido por coberturas naturales, riachuelos, lagos helados e insalubres llanuras, de forma que cuando los enemigos alcanzaban las líneas francesas, lo hacían agotados, congelados y desmoralizados. Además, Napoleón debilitó su centro, algo que podría parecer un disparate, pero éste resistió lo suficiente para que los poderosos flancos franceses envolvieran a todo el ejército enemigo. Solo la retirada general de austriacos y rusos impidió su completa aniquilación.


Gonzalo Fernández de Córdoba. Veterano de las guerras de Granada, El Gran Capitán desarrolló la guerra moderna con maestría en las Guerras de Italia, donde la incipiente Monarquía Hispánica combatió contra el poder a batir, Francia.
Ya en la batalla de Ceriñola se puso de manifiesto que una nueva guerra estaba por venir, donde las heroicas cargas de caballería pesada o los cerrados cuadros suizos de picas ya no eran indestructibles. Más bien al contrario, unos arcabuceros habilidosos y bien organizados, con la protección de unos lansquenetes alemanes, habían aniquilado a los franceses con una sorprendente facilidad.
Pero Garellano era todavía más importante si cabe. En Ceriñola se puso de manifiesto que una nueva forma de defender posiciones era posible, pero… ¿era posible atacar de una manera diferente? Veámoslo.
Un ejército de 25.000 hombres se dispuso a interceptar a los 12.000 soldados con que contaba Fernández de Córdoba. Éste construyó una serie de fortificaciones defensivas en la orilla derecha del río Garellano, consciente de que un combate directo podía saldarse con una derrota.
Las condiciones del terreno era pésimas: las lluvias habían convertido todo en un barrizal, y la salubridad empezó a decaer a pasos agigantados. En esta situación, ningún francés pudo advertir lo que Gonzalo había pensado. Iba a utilizar las adversidades del terreno a su favor, lo que parecía una completa locura.
Al anochecer del día 28 de diciembre de 1503, el grueso del ejército español cruzaba el río por un puente tendido rápidamente al norte de las posiciones francesas. Gonzalo dejó una parte de su ejército en la orilla derecha, haciendo creer a los franceses que el grueso del contendiente español seguía allí, y no cruzando por el norte de sus posiciones. Las guarniciones francesas fueron rápidamente vencidas, por lo que el general a cargo del ejército francés, Saluzzo, decidió emprender una retirada general hacia Gaeta, en su poder. He aquí la pericia de Gonzalo: sabía que con el barro y la lluvia, la retirada francesa sería un completo, caos, tal y como sucedió.
Pero no se quedó ahí, sino que ordenó a su caballería ligera (cuerpo novedoso que hasta entonces no había sido concebido para la guerra, pues la única caballería de combate era la pesada) con Próspero Colonna al frente, que hostigase a los franceses en retirada mientras colocaba una gran parte de sus hombres en el lado izquierdo del enemigo, pero sin combatir con él. De esta forma, cuando Gonzalo reunió de nuevo al grueso del ejército y dio alcance a los franceses, el flanco izquierdo con Andrade y Mendoza al mando, realizó el movimiento envolvente que dejó a los franceses rodeados, sin escapatoria posible.
De esta manera, Francia se retiró de Italia, consciente de que su hegemonía había llegado a su fin. Gonzalo Fernández de Córdoba, con sus victorias, no solo garantizó la presencia española en Italia para los siguientes siglos, sino que mostró a todos sus capitanes, sobre todo a Próspero Colonna, cual debía ser el camino a seguir en el desarrollo de la guerra moderna. Solo de esta manera se concibe el nacimiento oficial de los Tercios 33 años después, en las famosas Ordenanzas de Génova del 1536.


A buen seguro a muchos de ustedes les parecerá que en esta lista deberían aparecer otros generales antes que El Gran Capitán (Alejandro Magno, Rommel…) pero desde mi punto de vista, estos han sido los tres militares, los tres maestros del engaño, que más me han sorprendido en mi todavía corta carrera como historiador militar. Y por eso hoy, aniversario de la batalla de Garellano, quería traerles el recuerdo de todos ellos, pues nadie duda de que Napoleón fue un genio, pero no el único genio que ha pasado por la historia militar. He aquí mi recuerdo para El Gran Capitán, eterno olvidado de los libros de historia, pero claro merecedor de tener una plaza en el selecto club de los genios militares de la historia.

Alberto Calvo Rúa. Valladolid a 28 de diciembre de 2020.

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