El desarrollo armamentístico y el principio del fin de los tercios.

El desarrollo armamentístico y el principio del fin de los tercios.

Autor: Alberto Calvo Rúa.

Si preguntásemos a 100 personas por el fin de los tercios, me atrevería a decir que un gran porcentaje fijaría dicho suceso en 1643, momento en que tuvo lugar la famosa batalla de Rocroi.

Si preguntásemos a 100 historiadores por la cuestión que les he planteado, es posible que una amplia mayoría dijese que con el advenimiento de la dinastía de los Borbones, tras la Guerra de Sucesión Española. Y todos los que asegurasen que es con Felipe V con quien los tercios llegan a su fin estarían en lo cierto. Los borbones transformaron el sistema de organización de los tercios e implantaron el modelo europeo de batallones y regimientos, por lo que oficialmente, sobre el papel, los tercios llegan a su fin en los primeros años del siglo XVIII.

Sin embargo, mi hipótesis me lleva a pensar que el fin real de los tercios, principio del fin pueden llamarlo ustedes si así lo prefieren, se encuentra en la primera mitad del siglo XVII, no porque la Monarquía Hispánica estuviese económicamente mal, pues casi siempre lo estuvo, ni porque su población fuese ya insuficiente para nutrir las filas de los tercios, pues prácticamente siempre adoleció de ese problema. Tampoco podemos centrarnos en elementos puramente tácticos para establecer el fin de tan eficaz infantería, ya que pocas o ninguna infantería en el mundo tenía una disponibilidad táctica que abarcase tantas posibilidades como la española. El principio del fin se encuentra en una cuestión netamente material, es decir, en las armas de fuego. Por supuesto he de explicar mi hipótesis, dejando a su consideración lo acertada o equivocada de ella.

Mosquete del siglo XVI (debajo), mosquete evolucionado arriba.

Durante el siglo XVI, las armas de fuego por excelencia fueron los arcabuces, evolución natural de las espingardas, armas empleadas a finales del siglo XV que guardaban un mayor peligro para quien la utilizaba que para el enemigo, ya que los fallos de sus mecanismos eran habituales, provocando quemaduras y heridas de gravedad en los soldados que las portaban. Los arcabuces fueron una solución a dichos fallos, por supuesto no podemos decir que fuesen 100% eficaces, prácticamente ningún arma a lo largo de la historia lo ha sido, aun menos si juntamos en la misma ecuación pólvora y siglo XVI, en el que los conocimientos de la cuestión eran escasos, pero en constante desarrollo.

Como decía, los arcabuces sí supusieron una mejoría sustancial en la potencia de fuego a distancia, podían herir con cierta gravedad a un enemigo a una distancia entre los 25 y 50 metros, distancia nada desdeñable, su tiempo de recarga era mucho más rápido que la ballesta, arma a distancia más extendido en Europa desde la Guerra de los Cien Años, y su utilización requería de una menor destreza.

A estas cuestiones técnicas debemos añadirle el concepto del enemigo a batir. En el siglo XV todavía Francia era la potencia hegemónica en Europa. Su estilo de combate había variado muy poco a lo largo de la Edad Media, las cargas frontales de caballería pesada seguían suponiendo la parte esencial de su ataque, aunque también habían añadido piqueros suizos, conscientes de que una carga frontal contra un cuadro cerrado de piqueros era un suicidio.

En este contexto, la figura del Gran Capitán resulta clave. Aprende en las Guerra de Granada, por ser testigo directo de ello, a utilizar los arcabuceros. Gonzalo Fernández de Córdoba, en las Guerras de Italia, implanta y mejora con gran éxito y pericia la figura de los arcabuceros en el combate, creando la exitosa dualidad pica-arcabuz que tan útil se demuestra por primera vez en la Batalla de Ceriñola (1503).

Aunque pueda parecer que estos párrafos hacen mención al origen de los tercios, son parte fundamental para entender su fin. La dualidad pica-arcabuz representa la Revolución Militar del siglo XVI, acabando definitivamente con la hegemonía de la caballería pesada y la ballesta. En definitiva, los Tercios, herederos directos del Gran Capitán, implantan un nuevo orden hegemónico en materia armamentística, táctica y técnica. Los tercios se convierten, por tanto, en el enemigo a batir. Esto es lo que provoca, desde el momento de su nacimiento, su inevitable fin. A lo largo de la historia nunca se ha encontrado una táctica, una composición armamentística o un ejército invencibles con el paso de los años. En la mayoría de los casos, de hecho, nada tiene que ver con problemas económicos o de recursos humanos, causas habituales a las que el mundo contemporáneo suele recurrir para justificar desastres, fracasos u ocasos.

Pensemos, por ejemplo, en el ejército persa en la batalla de Gaugamela (331 a.C.) que le enfrentó con Alejandro Magno. Los persas estaban bien armados, bien alimentados, sin enfermedades que redujesen su capacidad de combate, y eran cerca de un cuarto de millón de hombres. Los macedonios, por el contrario, eran unos 50.000, pero tenían una nueva estrategia creada por y para destruir a los persas, las falanges de picas con caballería pesada envolvente.

Pero volvamos a los tercios. Tras su nacimiento y desarrollo a lo largo del siglo XVI, cosecharon numerosos éxitos por toda Europa. Debido a esa apariencia de cierta invencibilidad, fueron decenas de países los que intentaron imitar su modelo de combate, siendo incapaces todos ellos de hacerlo con la misma efectividad que los ejércitos de la Monarquía Hispánica. La clave, su enorme movilidad. Solo los tercios eran capaces de dividir y subdividir el compacto cuadro de picas en pequeñas unidades de piqueros y arcabuceros, volviendo rápidamente a una formación compacta e impenetrable en caso de que fuese necesario. La frustración de los enemigos de la monarquía era enorme, presentasen el ejército que presentasen, eran aniquilados, no causando prácticamente bajas al ejército español. Pensemos por ejemplo en San Quintín, batalla que tuvo lugar en 1557 en la que el ejército francés fue casi totalmente eliminado, mientras que por parte de España solo murieron unos 300 hombres.

¿Qué pudo provocar, en ese caso, el fin de una infantería tan diestra en el manejo de las armas, si ya hemos dicho que problemas económicos y humanos no? La respuesta es tan compleja como concisa, el desarrollo armamentístico, entendido como una dualidad de cuestiones, el cañón y el mosquete.

En torno a 1570 el Duque de Alba implantó el mosquete en los tercios, arma de fuego mucho más pesada que el arcabuz pero con una potencia de fuego mucho mayor. Su daño alcanzaba los 200 metros y su efectividad era superior. La historiografía militar, de hecho, considera el mosquete una mejora sustancial del arcabuz. Pues bien, fue este arma, junto con el desarrollo de los cañones, y la aparición del modelo sueco, lo que dio al traste con los tercios.

Como dije anteriormente, ningún rival de España conseguía batirla, nadie conseguía realizar una innovación táctica suficiente para vencerla, hasta que apareció el conocido como modelo sueco. Este presentaba a sus hombres en formación de línea, extendiéndose a lo largo más que a lo ancho, pero no es esta la clave de su éxito. En el modelo sueco de combate se abandona la pica, los hombres portan en su gran mayoría armas de fuego, mosquetes, acompañados de caballería.

Por supuesto, este modelo solo es factible con un desarrollo del arma muy importante, y así sucedió en el siglo XVII: se aligera su peso, haciendo que no sea necesario disparar con horquilla. La llave de mecha se sustituye por una llave de chispa, lo que reduce los riesgos para el mosquetero. Además, se sitúa una bayoneta en la punta del mosquete, lo que hace que espadachines y piqueros sean ya innecesarios. Con el paso del tiempo, además, las pelotas (balas de acero) fueron sustituidas por cartuchos, lo que permitía realizar unos tres disparos por minuto (recarga muy rápida, pensemos que en el siglo XVI un mosquetero llevaba los conocidos como doce apóstoles, es decir, en una batalla realizaría como máximo unos doce disparos).

Gustavo II Adolfo de Suecia.

El gran desarrollo del mosquete hizo que los ejércitos solo utilizasen este tipo de arma, los piqueros eran ya totalmente inútiles, un batallón de mosquetes podía eliminar a un cuadro de piqueros en cuestión de minutos. Además, los cañones desarrollaron el sistema de ánima estriada, lo que hacía que la bola girase dentro del cañón antes de salir, aumentando notablemente su precisión y su distancia efectiva. De nuevo, un cuadro de picas quedaba totalmente indefenso frente a este tipo de artillería, solo las delgadas líneas de mosqueteros permitían reducir las bajas provocadas por este arma.

A modo de conclusión, quería dejar patente que los tercios no desaparecieron de la noche a la mañana, igual que el modelo pica-arcabuz requirió de años para su implantación, lo mismo sucedió con el modelo sueco. Su primer acto de presencia a nivel internacional tuvo lugar en la Guerra de los 30 años, y existen batallas en las que por fortuna, podemos ver enfrentados ambos modelos, saliendo de la mayoría de ellos victoriosos los tercios, como por ejemplo la Montaña Blanca, que tuvo lugar en 1620. Sin embargo, a lo largo de esta guerra, y aunque todavía los tercios tendrán grandes victorias, como por ejemplo la Batalla de Valenciannes en 1656, podemos observar como la gran  eficacia del modelo de tercios, que suponía una escasa perdida de hombres propios y una gran pérdida de hombres enemigos, ya está extinta. Habrá más victorias, pero a un precio en vidas tan alto que sin duda nos debe permitir observar como el modelo creado en el siglo XV ya estaba agonizando.

En definitiva, los tercios no desaparecen porque sus hombres sean escasos o su economía débil, siempre fueron pocos, y rara vez tuvieron los bolsillos llenos de monedas, los tercios desaparecieron porque nacieron.

«Todas las picas suman, únete al cuadro»
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