Los Once de Mühlberg

Los Once de Mühlberg

Álvaro González Díaz

Introducción

Aquel 24 de abril de aquel 1547 once valientes decidieron una batalla. Aquel día once soldados españoles con más temor a la deshonra que a la muerte cruzaron el rio Elba, lleno de enemigos y esquivando a la parca, estableciendo una cabeza de puente de vital importancia. Aquel día los enemigos pronunciarían con odio el nombre de nuestra nación a la vez que cerraban los ojos creyendo que aquella hazaña no era verdad.

Sin embargo, al contrario que ocurre con reyes u oficiales, los nombres de estos once soldados, de estos once valientes españoles –quizá valiente y español significase lo mismo-, permanecerán en el anonimato debido al capricho del destino, y como tantas otras veces esta vez no iba a ser menos. Sin embargo, no importan los nombres cuando las hazañas hablan de nosotros, y de los enemigos claro.

Este artículo no pretende otra cosa que, a través del análisis de la historia, recordar aquella hazaña de unos valientes sin nombre que salvaron a los ejércitos imperiales permitiéndoles cruzar por un vado seguro del rio.

Contexto

Desde 1519 Carlos I de España ya ostentaba el título de Emperador del Sacro Imperio Romano-germano y su hegemonía se había afianzado en el mundo, que por estas fechas los nuestros estaban conquistando todo un continente y haciendo una de las mayores hazañas, la vuelta al mundo. Sin embargo, en Europa, el emperador Carlos tenía muchos enemigos y el mantenimiento de su imperio no iba a ser un paseo fácil, sino al contrario. Aparte de hacer frente a los turcos y piratas en el Mediterráneo, vencer y humillar a los franceses en Pavía en 1525, imponerse a la Iglesia en 1527 o -¿Por qué no decirlo?- ser derrotado en Castelnuovo en 1539 defendiendo la Cristiandad, ahora se habían unido formando una Liga los protestantes alemanes, creando la Liga de Esmalcalda que desembocaría directamente en la batalla de Mühlberg.

La batalla de Mühlberg tuvo lugar el 24 de abril de 1547 en esta localidad alemana entre las tropas del emperador Carlos V y las de la Liga de Esmalcalda, con el triunfo aplastante de las primeras. La batalla de Mühlberg no se puede entender sin el contexto de la Reforma luterana, fruto de ese afán del emperador Carlos de acabar con la herejía en Alemania (Davide Maffi, 2014) y se inscribe dentro de la guerra de la Liga Esmalcalda (1546-1547).

La Reforma Luterana había generado una división político-religiosa en el Imperio de Carlos V, el Sacro Imperio Romano Germánico. Dentro de esta división, los opositores al emperador Carlos, los protestantes luteranos, se coaligaron en la Liga de Esmalcalda (compuesta por numerosos estados y principados desde el Báltico hasta Suiza), creada en 1531. El archiduque Fernando, hermano de Carlos V, enseguida se unió a las fuerzas del Imperio para combatir a la Liga; y ambos contaban con la ayuda también del protestante Mauricio de Sajonia, quien les ayudaba por razones político-estratégicas.

Cierto es que la Liga se cuidó mucho de declarar la guerra directamente al emperador (Esparza, 2017) pero, sin embargo, comenzó a atacar a los estados vecinos católicos, expropió tierras de la Iglesia e incluso expulsó a los obispos de Roma. Todo ello hizo que el emperador Carlos V, como defensor de la Iglesia tuviera que intervenir y frenar los desmanes de la Liga.

La Batalla

Para la ocasión, España aportó unos 8000 veteranos de los tercios españoles: el Tercio de Hungría, con 2800 infantes a las órdenes del maestro de campo Álvaro de Sande; el Tercio de Lombardía, con 3000 hombres al mando de Rodrigo de Arce, y el Tercio de Nápoles, con poco más de dos mil soldados, dirigido por Alonso Vivas a las órdenes del duque de Alba, Fernando Álvarez de Toledo (Op. Cit.). Todo ello se sumaba a los 16000 lansquenetes alemanes, 10000 italianos comandados por Octavio Farnesio y otros 5000 belgas y flamencos capitaneados por el conde de Buren, Maximiliano de Egmont. En total, unos 44000 soldados de infantería a los que hay que añadir otros 7000 de caballería.

La Liga, sin embargo, no se quedaba corta pues contaba con una fuerza similar mandada por Juan Federico I, elector de Sajonia, y Felipe el Magnánimo. Su fuerza aunque parezca inferior no lo era pues los herejes habían reunido una fuerza de 25000 infantes y unos 5000 jinetes, pero contaban con el terreno a su favor.

El emperador, pese a su enfermedad y el cansancio, convocó a sus ejércitos y se puso al frente de ellos con la sana intención de escarmentar a sus enemigos, de darles una lección que no olvidarán nunca (Villegas, 2014).

En Italia las cosas estaban tranquilas, recientemente se había firmado la Paz de Crépy en la que Francisco I de Francia y Carlos I de España restablecían el status quo en Italia restableciendo el orden que había en 1538 (tregua de Niza), por lo que pudo disponer del Tercio de Nápoles y del de Lombardía. Así, los tercios del emperador se pusieron en marcha sobre el Camino Español.

Las tropas de la Liga Esmalcalda no querían un combate frontal y confiaban en su conocimiento del terreno, rehuyendo en todo momento y sabiéndose a salvo acampadas a orillas del rio Elba y protegidos por un bosque grande.  Las tropas imperiales llevaban algo más de 10 días persiguiendo a los herejes sin entablar apenas combate frontal con ellos.

Los herejes de Federico I habían movido ficha primero atacando los territorios de Mauricio de Sajonia, que había vuelto a jurar fidelidad al emperador. El duque de Alba, a pesar de no tener el grueso de su ejército realiza un movimiento de marchas y contramarchas hacia el este, a lo largo del Danubio, metiendo el miedo en el cuerpo a los protestantes (Esparza, op. cit.). Esto es fundamental, según los expertos, ya que el Duque de Alba consigue desunir las fuerzas de Federico I, que era otra de sus ventajas (mantener unido su ejército sumado al conocimiento del terreno). Pues el error de Federico fue querer defender todo el territorio a la vez, cosa que no pudo ser, mientras las tropas imperiales cuentan con su ejército al completo y superioridad.

A pesar de todo, Federico I quiere dar batalla y consigue reunir una fuerza de 10000 infantes y 3000 jinetes, aunque sigue siendo una fuerza escasa si lo comparamos con lo que tenía el Duque de Alba, 25000 infantes y 4500 jinetes (Esparza, op. cit.).

Federico I se repliega y decide cruzar el rio Elba mientras marcha hacia la localidad alemana de Mühlberg y a su paso destroza todos los puentes. Con ello evitaría que los españoles cruzasen hasta su posición.  En este sentido, las tropas imperiales carecían de vados donde apostarse y no podían cruzar el rio ya que serían acribillados bajo el fuego enemigo que se situaba a la otra orilla del rio (Villegas, op. cit.). Así, los protestantes se encontraban separados por los españoles por un rio y apostados sobre un bosque, factores que los protegían, momentáneamente.

Así, el grueso de las tropas imperiales, con el emperador al frente, se encuentran situadas en formación con las banderas desplegadas al viento y con los tambores. El Duque de Alba aparece el 24 de abril de ese año, 1547 y al ver el panorama decide acantonar sus tropas en un bosque situado en una ribera del rio Elba, para evitar ser avistado por el enemigo.  Sin embargo, a pesar de todo era imposible cruzar el rio por mucho fuego que se abriese hacia el enemigo de una orilla a otra. Había que buscar un vado o un recoveco para protegerse o poder avanzar.

Además, como nos relata Pedro de Ferrol (Villegas, op. cit.), el rio Elba imponía mucho debido a que por esas fechas era muy caudaloso y formaba remolinos de agua. Por ello que la destrucción de los puentes y la carencia de vados ponían al ejército imperial en una situación comprometida. Sin embargo, un lugareño alemán se puso del lado de la suerte de los españoles. El alemán estaba muy enfadado porque los protestantes le habían quitado dos caballos y enseñó a los españoles el lugar donde los protestantes tenían atracadas sus barcazas.

Lo demás ya lo sabemos. Solo era cuestión de que los locos, perdón los españoles, se tirasen al rio y a nado con espada en boca cogieran las barcazas enemigas y las trajeran a la orilla donde se apostaban los del duque de Alba. Así fue. Los únicos que podían realizar tal tarea eran los españoles y bien que lo hicieron.  A pesar de que las barcazas estaban custodiadas por arcabuceros protestantes, 11 españoles (“los once de Mühlberg, según Esparza) se lanzaron al rio, esquivaron los disparos y ganaron la orilla enemiga. Cogieron por sorpresa a los defensores  y los dejaron fuera de combate. Después, silenciaron los arcabuces enemigos y se apoderaron de un tramo del pontón que tenían los protestantes construido con barcazas. Lo remolcaron hasta la orilla donde se situaban las tropas imperiales del Duque de Alba mientras eran aclamados por sus camaradas españoles.

Federico I que se encontraba desorientado por los movimientos de los tercios a lo largo del rio, descuidó aquella zona, vital para la batalla.

Cuenta la historia que un español se quitó la camisa y se tiró al rio arrastrando consigo a otros diez, entre ellos Cristóbal de Mondragón. Que hartos de andar, unos (Villegas, op. cit.), y movidos por “el qué dirán”, otros, le siguieron.

Felicitados por el emperador, con aquellas barcazas se pudo construir un puente de un kilómetro (Esparza, op. cit.). Así, la caballería ligera, cada jinete con un arcabucero a grupas, cruzó el rio.

Sin embargo, la Batalla de Mühlberg, aquel 24 de abril de 1547, no fue más que una persecución encarnizada hacia los herejes. Estos últimos corrían intentando salvarse mientras los imperiales les perseguían. Los tercios españoles pasaron por encima a los herejes como si se tratase de una apisonadora  dejando unos 2500 muertos protestantes y unos 3000 heridos, apenas 200 heridos españoles y una veintena de muertos.

La Liga de Esmalcalda quedó disuelta y sus dirigentes encarcelados en el Castillo de Halle –ya que considerando las súplicas de Mauricio de Sajonia, Juan Federico y Felipe de Hesse fueron indultados de la pena de muerte mientras que eran entregados al Duque de Alba- mientras Carlos V salió triunfante y reforzado en su poder imperial. Sin embargo, los príncipes alemanes no tardarían en volver a la carga contra el emperador y después se aliarán con Enrique II de Francia (Tratado de Chambord), quien tomó las plazas imperiales de Metz, Toul y Verdún. Mientras tanto, los turcos conquistaban Trípoli y Mauricio de Sajonia traicionaba, de nuevo, al emperador Carlos y le atacaba en Innsbruck. Este ataque se consideró una humillación hacia Carlos V quien no pudo atrapar al de Sajonia. La solución se acordaría en la Paz de Augsburgo, 1555, en la que se establece que cada príncipe determine la religión de su territorio, cuius regio, eius religió (Esparza, op. cit.).

Conclusiones

A pesar de que la batalla no fue tal, en Mühlberg Carlos V se reafirmó en Europa frente a los protestantes, aunque estas guerras de religión marcarán todo el siglo XVI y parte del XVII. Fue gracias a la determinación de once valientes soldados españoles que se pudo acceder a las filas enemigas y contener a los protestantes.

Sin embargo, inmediatamente se rompieron alianzas y se incumplieron acuerdos. Los protestantes volverían a la carga. Unas guerras que, momentáneamente, concluirían con la Paz de Augsburgo en la cual el emperador sale reforzado en Europa y en la Cristiandad.

Los tercios españoles demostraron, una vez más, quienes eran y por qué eran las unidades de elite del Imperio. Su valentía, según los autores, pocas veces se puede igualar o superar y quizá gracias a su determinación el Imperio continuó un siglo y medio más en Europa. Nuevamente el invento moderno del Gran Capitán funcionaba y los tercios se reafirmaban como la mejor infantería del momento. Su acción hizo posible que los ejércitos imperiales de Carlos V atravesasen un vado crucial y, de este modo, llegasen a las filas enemigas.

Bibliografía

ESPARZA, JOSE J., Tercios, la esfera de los libros, Madrid, 2017, pp. 110-115

MAFFI, D., “Los frentes militares 1536-1598”; VV.AA., Los tercios en el siglo XVI, Desperta Ferro, número especial V, 2014, Madrid, pp. 38-39

VILLATORO, MANUEL P., “Mühlberg, donde once heroicos españoles decidieron el destino de los Tercios”, ABC,  16/12/2013, en https://www.abc.es/historia-militar/20131215/abci-muhlberg-donde-once-heroicos-201312141819.html

VILLEGAS GONZALEZ, A., Hierro y plomo, glyphos, Valladolid, 2014; del relato de FERROL, PEDRO DE (Arcabucero del Tercio Viejo de Nápoles), “El vado del rio Elba”, pp. 67-72

http://www.grandesbatallas.es/batalla%20de%20muhlberg.html

«Todas las picas suman, únete al cuadro»
Si te ha gustado este contenido, ¡compártelo!