Concurso relatos: La encamisada por Iván Ramos López

Concurso relatos: La encamisada por Iván Ramos López

Flandes,1589. Diario de Alonso del Castillo y Ruiz.

Hacía ya 6 años del día en el que tomé la decisión de abandonar mi pueblo segoviano y alistarme en el ejército imperial. Recuerdo esos primeros días en los que todo era nuevo para mí, y esa sensación entre inseguridad e incertidumbre que me provocaba la idea de tener que viajar a tierras tan dispares como Nápoles o el Franco Condado. «Tú, muchacho, serás tamborilero hasta que tengas edad de empuñar una pica», me dijo el capitán de la compañía a la que me asignaron, Don Gonzalo de la Torre, un veterano de unos 45 años con la cara llena de cicatrices al que le faltaba un ojo y dos dedos de una mano, lo cual no le impedía hacer gala de sus habilidades con la espada. Cuando a los 12 años  llegué a engrosar las filas del Tercio Viejo de Nápoles, el más antiguo de todos, me quedaba muy lejos  el día en el que pasara a ser un miembro de pleno derecho dentro del cuadro de picas. Pero ese día había llegado, el 7 de diciembre, Día de la Inmaculada Concepción desde que el Tercio de Zamora obrase aquel milagro en Empel. Ya había cumplido los 18 años y, nada más levantarme, mi compañero de labores me dijo que entraría en combate por la noche.

Al otro lado del río a cuya vera habíamos levantado el campamento, a media legua de distancia, hallábase un acuartelamiento holandés vagamente vigilado según nuestros exploradores, peor aun si cabe cuando se ponía el sol. Había pasado los días entrenando en el arte de la pica desde los 14 años pero, por caprichos del destino, mi primer combate no daría lugar a poner en práctica lo aprendido, al menos la parte del combate en formación.

Es bien conocido el terror que los españoles causan a sus enemigos, tanto en campo abierto como en toma de plazas. «Los Tercios están formados por los hombres más duros y valientes del Viejo Mundo» me decían siempre mis superiores. Frases como esa me subían la moral y, a la vez, me infundían un enorme sentido de la responsabilidad. No sólo lucho por mi vida y por mi honor, también lo hago por las Españas y por su Majestad, por el honor del tercio y por la religión verdadera.

Eran las 6 de la tarde y el campamento empezaba a funcionar. Los sargentos asignaban tareas y objetivos a los soldados, mientras los sacerdotes bendecían a los hombres que iban a arriesgar su vida aquella noche.

El terreno de aquellas tierras pantanosas no permitía un despliegue a gran escala, lo que sumado a la flaca defensa del fortín enemigo, hacía suponer que el ataque se realizaría mediante una encamisada. Una encamisada consiste en infiltrarse detrás de las filas enemigas con el mínimo equipo posible para, una vez pasados a cuchillo tantos herejes como esté en nuestra mano, sabotear la artillería de la que dispongan y robar todo lo que encontremos a nuestro paso. A mí me asignaron el grupo del cabo Fernández, un curtido veterano que participó en el asedio de Amberes, tras el cual le ascendieron por su desempeño y valentía.

El cabo Fernández, de nombre Alfonso, con semblante serio nos indicó la tarea a realizar. Primero entraría en acción un grupo de soldados experimentados para intentar eliminar a los vigías que haya e inutilizar la artillería que apunta hacia el río para, más tarde, entrar nosotros y fundirnos en un solo cuerpo que, silenciosamente, inflinja el mayor daño en el campamento y la autoestima de esos sucios calvinistas y, por qué no decirlo, mandarles a conocer a Dios.

Llegó la hora de la cena y todos y cada uno de nosotros no dijo ni una sola palabra, sólo se escuchaba de vez en cuando una conversación muy baja entre dos oficiales, cuando no unas oraciones. Toda la unidad se fue a descansar temprano, hacia las 9 de la noche. Yo me pasé todo el descanso afilando mi espada y mi daga, pues no podía dormir, al igual que mi compañero, otro novato, todavía más ayudante que soldado.

De repente me vino un recuerdo de mis tiempos de tamborilero cuando escuché a un muchacho hacer dos redobles, señal de que empezaba la misión. Rápidamente me abroché el cinturón del que pendía mi espada de mala calidad y mi daga. Un veterano el cual no iba a combatir esa noche tuvo el detalle de dejarme su morrión, el cual había cubierto antes con un paño de tela para que no reflejase la luz de la luna en el hierro. Pensé que tendría en su haber más de uno.

Cuando formamos toda la unidad enfrente del capitán empecé a sudar, pese al frío que hacía en Flandes, ese infierno protestante al que nos enviaron años atrás.

Don Gonzalo se plantó en frente nuestra y gritó: ¡¡Por Santiago!!

Todos gritamos lo mismo al unísono aunque, perdóneme Dios, yo no estaba para santos en ese momento.

Hacia la 1 de la madrugada, salió el primer contingente de diez soldados hacia la posición rebelde. Unos veinte minutos más tarde salimos nosotros, veinticinco hombres con el cabo Fernández al frente.

 Dada la experiencia de los primeros y la poca usanza de algunos de los que salíamos después, no se echaría en falta la presencia del cabo en las primeras acciones de la noche.

El emplazamiento holandés encontrábase en lo alto de una colina. Cuando los compañeros inutilizaran la artillería enemiga, nos harían una señal mediante una antorcha para que nosotros entráramos en acción.

Marchábamos en silencio a través de los pantanos con la única luz que nos daba la luna. Había soldados de todo tipo, desde veteranos bien equipados con coraza y casco, arcabuz o alabarda, y luego nos encontrábamos los bisoños, con la única protección de la espada y la daga. En mi bota guardaba un cuchillo de no más de siete pulgadas, por si la cosa se torcía.

Serían las dos de la madrugada cuando llegamos al emplazamiento desde el que veríamos la señal de nuestros compañeros en caso de que su labor fuera un éxito. Una pequeña arboleda en frente de la plaza holandesa donde escondernos antes de intervenir.

Todos los soldados estábamos haciendo tiempo cuando la llama de la antorcha apareció en lo alto de la colina. Rápidamente el cabo Fernández nos hizo una señal y nos pusimos en marcha. Aquellos con mejor equipo ya habían cargado sus arcabuces y pistolas. Los demás, daga en mano, avanzábamos colina arriba junto a los más duchos.

Los compañeros ya habían dañado los cañones, con lo que la artillería ya no era un problema. Nos encontramos en la entrada de la plaza rebelde y, sin mediar palabra, nos adentramos en ella. Yo no me separaba de mi compañero. Caminábamos por entre las tiendas robando munición y pasando a cuchillo a todo el que allí se encontraba. El silencio era sobrecogedor, pues solo se escuchaban nuestros pasos sobre el barro. Parecía imposible que aquella noche nos descubrieran antes de enviarlos al infierno.

Cuando todo parecía estar llegando a su fin, se escuchó la voz de alarma de un soldado enemigo y comenzaron a sonar arcabuces y gritos. De repente se interpuso en nuestro camino un grupo de rebeldes y, sin pensarlo dos veces desenvainé la espada. La combinación de espada y daga es uno de los motivos por los que nuestra esgrima es la mejor de toda Europa. Mi compañero hizo lo propio. Entablamos combate con esos herejes sin pensarlo. En el momento en el que dos de ellos habían sentido el acero toledano y yo me disponía a rematar al tercero, salió en su defensa un grupo de arcabuceros y tuvimos que escondernos detrás de un carro mientras caía sobre nosotros una lluvia de plomo. Cuando pensábamos que todo acababa allí volvimos a escuchar «¡¡Santiago!!». Era el capitán con un grupo de arcabuceros, situados detrás de los holandeses, con lo que éstos poco pudieron hacer.

Cuando todo parecía haber llegado a su fin, se acercó el capitán con la cara, las ropas y la espada llenas de sangre. «Caballeros, estén alerta», nos dijo.

Unos quince soldados se interponían entre nosotros y la salida del campamento. Nuestros arcabuceros habían gastado sus doce apóstoles, y solo quedaba combatir cuerpo a cuerpo. Si conseguíamos salir con vida de allí, la misión sería un éxito.

El capitán fue el primero en echar a correr hacia los rebeldes. Nosotros, sin mediar palabra, le seguimos. A mi lado morían compañeros mientras el capitán nos ordenaba seguir avanzando. Usaba la manga de la camisa para limpiarme la sangre de la cara mientras repartía estocadas a diestro y siniestro.

Serían las cuatro de la madrugada cuando salimos del campamento con más bajas propias de las que nos hubiese gustado, pero había sobrevivido a mi primer combate y una vez más, los tercios demostraron su superioridad.

 Bibliografía

«Todas las picas suman, únete al cuadro»
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