Concurso relatos: Palabras de un soldado por Francisco Moreno Rodríguez

“No se pasa ahora por mi cabeza más que las vivencias de un truhan, tal como si la mente se desplazara a lo largo de un camino donde a los lados unos espejismos reflejan vagos recuerdos de la vieja edad.

Maldito soy por abandonar al enfermo de mi padre cuando yo aún apenas tenía fuerzas para alzarle del lecho por su invalidez. Mi madre yacía enterrada desde años atrás por entonces, y yo y mi viejo nos las apañábamos como se podía en aquella choza de mala muerte a las afueras de Córdoba. Llegó el día en el que el demonio que a mi padre invadió le atacó la mente, sin llegar a recordar quién era yo, y, como me obligó a prometer, allí le dejé cuando tal momento llegó. Me cuestioné mucho si buen deber era cumplir una promesa a expensas de tu familia abandonar, pero el honor fue lo poco que me enseñó antes de que la mala suerte a su puerta tocara.

A la ciudad acabé llegando, siendo un mocoso que ni media ostia podría aguantar, pero las soporté como pude mientras mi altura e ingenio crecían. Robé, mentí, aposté y luché a un lado y al otro del Guadalquivir. Conocí a los hombres más poderosos de por allí, a los mejores ladrones y estafadores, y mi muerte quisieron buscar por robarles y estafarles mejor de lo que ellos sabían hacer. Varios días pasé corriendo y escondiéndome evitando sus aceros, teniendo yo como único protector la pata arrancada de una silla.

Mi salvación vi en un hombre apuesto, uniformado y con sombrero de una sola ala cerca de la gran catedral que a orillas del río estaban reformando. Una bandera portaba aquel que a su lado se encontraba, y pidiendo hombres para luchar por el rey andaban. Yo pregunté por los términos, buscando refugio de mis perseguidores, respondiéndome el uniformado, siendo capitán de la infantería española, que debería servir al imperio de Su Majestad allá donde me enviase y aceptar los años de servicio, a cambio de formar parte de la infantería más noble y valerosa que hubiese existido.

Así me enrolé en una banda de pícaros peores que los que me buscaban en Córdoba la llana. Recorrimos media España con los mismos ropajes con los que allí me marché, y con la piel sudorosa y mugrienta. Con nuestras primeras pagas fueron llegando los aceros y los ropajes nuevos, arcabuces, morriones y picas con las que se nos pudiese considerar soldados del imperio. Bajo la bandera del capitán Rodríguez marchamos a Italia, y desde entonces, cuando apenas hacía dos décadas que la difunta de mi madre me parió, no he vuelto a pisar España.

Medio mundo puedo presumir haber recorrido, y más años haber vivido que la mayoría de los que conmigo partieron, incluido el propio capitán que me recogió. He navegado a lo largo y ancho del mar, cruzado montañas y valles, y alojado en las ciudades más increíbles que la mente pueda imaginar. Mis brazos han alzado arcabuces, picas, espadas, dagas, banderas y remos, lo que tocase por sobrevivir.

He asaltado naves en llamas, irrumpido en campamentos y fortalezas en medio de la oscuridad, escalado muros derruidos bajo el fuego enemigo, y combatido en enjambres de hombres y picas. Las manos manchadas de sangre de todas las clases están, pues a turcos, franceses, alemanes, italianos y soldados de otros tantos pueblos y países he combatido y matados, teniendo yo mayor fortuna que ellos.

Sin embargo, mientras enviado de la muerte he sido a lo largo de todos estos años bajos las banderas de los Tercios, también me he enamorado, más de una vez he de reconocer de la misma mujer y de otras diferentes. El corazón me han roto como si una toledana me lo atravesase, encontrando consuelo en el vino y el juego, a la vez que en las risas que con mis hermanos de armas he vivido, todos ellos ya muertos o lejos de mí.

Y ahora, aquí, moribundo me encuentro en un lecho sin poder levantarme, en una choza del campo a las afueras de una ciudad holandesa cuyo nombre no recuerdo, al estilo de como a mi padre abandoné. La mayor diferencia es que mi pecho sangra por la puñalada que un bandido me ha asestado intentando robarme mi espada toledana cuando a mi puerta vino a pedir. Yace él muerto ahí afuera, pero he de reconocer que fue rápido sacando su cuchillo y me edad puso más impedimentos a mis reflejos. Poco hacen los vendajes con los que me he vestido sino aumentar poco más mi agonía, sabiendo que no respiraré para el atardecer.

Por ello, a quien corresponda esta carta, sabed que el hombre que sobre el lecho de este lugar se halla, vivió y luchó en los temidos Tercios de infantería española. Escribió sobre este papel gracias a que su amigo Julián de Toledo, muerto en Malta, le enseñó, y ha intentado mostrar que una vida plena ha sufrido, llevándose su último recuerdo de que ha podido mentir, robar, matar y traicionar, pero jamás su honor perdió.”

Imagen «Rocroi, el último tercio» de Augusto Ferrer Dalmau

«Todas las picas suman, únete al cuadro»
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