Concurso relatos: Mortajas de lodo por Jorge Jesús Hervás Gómez-Calcerrada

Concurso relatos: Mortajas de lodo por Jorge Jesús Hervás Gómez-Calcerrada

Tengan vuesas mercedes por presentados a mis compañeros de armas.

Cancerberos del Imperio, hacedores de fronteras y quitavidas.

No conozco pellejos más curtidos ni menos llenos de vino que estos hombres de temeraria fama ganada a golpe de espada. Hijos de mi propia madre, amamantados de sangre y heridas a más gloria del Rey nuestro señor.

Unos a mi espalda, otros en los flancos, ojos que me guardan mientras avanzo por esta vida de incomodidades y sacrificios, portando Rodel de fatiga y espada de esperanza.

Reos del juicio final, del que a buen seguro saldrán libertos por mediación de la virtud y la valentía, únicos amparos de sus pobres almas.

De todos lugares llegan abducidos por el sonido de la caja, vista larga, paso corto y mal comidos. Ciñen espada y daga en cuerpos mil veces zurcidos, manos grandes de piqueros, brazos firmes en los mosquetes.

Sin mas abalorios, lucen en ristra los “Doce Apóstoles” que alimentan el fuego de sus armas. Hombres honrados desprovistos de honores, que profesan la religión de las armas. Su cabeza cubren de Borgoñota, Yelmo y Morrión, sus pechos de Coselete y Coleto, el cuello de Gorjal.

También Lansquetes Tudescos y otros vienen a formar el arte de escuadronar, que aquí todos de la misma madre nacieron porque hermanos somos todos, los unos de los otros.  La muerte no conoce filiaciones en el campo de batalla, solo busca a aquellos que cobardemente la esquivan, por eso el enemigo muere más que nosotros, las escuadras españolas no temen la guadaña.

Dos días han pasado desde que entramos en batalla…bien parados salimos algunos, otros no.

Dos días escuchando los asonados quejidos y lamentos de los heridos que por la noche aún truenan más. El Fraile con su trotecillo corre entre ellos portando óleos y misal, intenta así curar sus maltrechas almas. Entre las sombras que la luz proyecta, puede verse a varios mochileros jóvenes llorando el infortunio de sus maestros, permanecen arrodillados a su regazo asiendo el Chambergo en una mano y en la otra el candil. 

El Cirujano de la Compañía bien arremangado va y viene entre los malogrados soldados quitándose y poniéndose las lentes según la necesidad, pues la luz es escasa para tan afanosa encomienda y los ojos del Galeno ya mermaron siendo bachiller. Siempre detrás de éste el Barbero, hombre de enorme porte y espíritu vivo que como ayudante le sirve, y de tanto servir pudiera decirse que conoce el oficio.

Así Fraile, Cirujano y Barbero formando trinidad, se afanan cada uno en lo suyo, que al fin todo es lo mismo, pues el barbero rebana y taja mejor que el Galeno, y éste viendo lo que hace el barbero reza en ocasiones más que el servidor de Cristo.

Con el paño de un Pendón sustraído al enemigo, el barbero venda testas, cubre incisiones y sujeta huesos quebrados, así el lienzo del escarnio ahora mitiga las dolencias de nuestros soldados.

Un Piquero Asturiano da un fuerte quejido lamentándose de no haber podido despachar a  más insurrectos, profiriendo seguidamente una cadena de maldecidos en la lengua de su origen, que solo el mismo diablo osaría en entender.

Mientras el Galeno zurce, a su lado el Barbero remueve las ascuas de los hierros cauterizantes que se iluminan en rojo vivo esperando exhalar el aroma de la carne quemada. Sacan uno y lo unden sin mas en la oquedad del hombro del soldado -¡Aaaarrggg! – grita mientras sopla -suerte de las bestias, que yaciendo heridas como yo son aliviadas de Mosquete, ¡pardiez!-, un humillo desfigura la faz del médico

La muerte asusta menos que las heridas, pues de tanto rondarla pareciera que ésta huye cual doncella ufana, acercándose coqueta a aquellos que más la esquivan en ronda siniestra. Acá la afrenta se torna en cortejo, y como buen caballero déjome llevar por las embaucaciones de todas las damas aunque de siniestro linaje procedan. Y si yaciendo en brazos de la Parca quedo, sólo en ese instante habré padecido, pues herido o mutilado no he de servir a mi Rey, y un soldado que no sirve no es soldado, así pues como de otra cosa no soy diestro, la penosa vida del tullido será la condena que me quede. El Soldado tullido sólo empuña muleta, desesperanza y dádiva, … el muerto esgrime honor, honra y ejemplo. Así, mejor Muerto que mal Vivo ¡Pardiéz!.

Mientras, no cesa de llover, las pocas alimañas que habitan por estas tierras huyen a las primeras gotas. Nosotros ni eso podemos.

El Fraile que nos acompaña se apresura a recoger los efectos de la misa que se había preparado, arrastrando los hábitos por el barro. El agua le recorre en hileras su extensa calva uniéndose en afluentes hasta la barbilla.

Las Caballerías buscan el poco resguardo que los arbustos les ofrecen, mientras yo y alguno de mis compañeros nos apresuramos a poner a salvo los barriles de pólvora, que atascados en el barro se embarrancan cuanto más los empujamos.

La humedad mata más que el Arcabuz, yo la he visto acabar con hombres que de mil formas se libraron en batalla de unirse con el creador. Por eso es conveniente alejarse de ella, y del matasanos que con sus ungüentos dice curarla. Una vez hizo que tragara las vísceras cocidas de no sé que animal, que a poco hubiera preferido recibir un tajo de vizcaína. Desde entonces procuro alejarme tanto de la maldita humedad como del quitamales. 

Camisa y pañuelo, debajo, hombres de barro. Bien regados de vino para mitigar frío y hambre. Antorchas apagadas prestas a sabotear la poca pólvora que el agua no haya malogrado. Al poco todo se ilumina y con el resplandor, las caras embarradas asustan más que las explosiones. Ellos corren, ¡Malditos Españoles!.

Nuestras espectrales figuras rebanan cuanto a su paso se cruza.

Ojos que levitan en la oscuridad, mortajas de lodo, y la maldita humedad.

«Todas las picas suman, únete al cuadro»
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